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Creen que de tanto oropel se adherirá alguna partícula a su sombra.” José Ingenieros, “El hombre mediocre”.

Una conducta común de las personas de toda raza y condición consiste en identificarse con elementos ajenos a sí mismos que consideran, de alguna manera u otra, valiosos. Por ejemplo, las personas de mayor poder adquisitivo se identifican con los automóviles caros, como los BMW o Mercedes Benz, con los vinos de calidad, con los ropajes, carteras y zapatos de marcas reconocidas, etc. No se discute, por supuesto, el valor de uso o servicio que ofrecen este tipo de productos, el cual es indiscutible, sino la identificación de las personas para con ellos y la capacidad para transferir su supuesto valor a las personas que los utilizan.

Estos tipos de identificaciones se muestran, no solamente con el uso de estos artículos, sino con la manifestación del uso de los mismos. No es solamente usarlos la clave, sino que otros vean que los usamos. Mostrarlos claramente. Exponerlos. Aquí, la capacidad de cada persona para mostrar las marcas de los artículos que usa es una estrategia esencial. ¿Serían igualmente utilizados, los mencionados valiosos productos, si sus marcas no fueran visibles para otros, si la persona que los utiliza no pudiera demostrar a otros su adherencia e identificación a las mismas?

¿Comprarían estas personas un BMW que no tuviera su marca claramente visible para otros, de tal manera que estos otros pudieran ver la identificación clara entre la marca y la persona que las usa? ¿Con la ropa no sucede lo mismo? ¿Usarían las personas ropajes o zapatos de calidad que tuvieran oculta su marca, la cual otras personas no pudieran ver? Ciertamente que no.

Y estas actitudes no suceden solamente con las personas de mayor poder adquisitivo sino con todas las personas, sin importar su estrato social. La fanatización e identificación con equipos deportivos, con deportistas célebres o con estrellas musicales, más típicamente una actitud de la adolescencia y la juventud, aunque se manifiesta también en edades avanzadas, también esconde el mismo mecanismo de identificación.

La pregunta que debemos hacernos es, sin embargo, si al identificarnos con algo que consideramos valioso, alguna virtud valiosa de ese algo es transferida a nosotros en el proceso de identificación. ¿Nos hace mejores a nosotros mismos el tener un auto de reconocida marca y calidad o seguiremos siendo los mismos de siempre? ¿Una mujer que utiliza un vestido de una marca recocida y valorada, es necesariamente mejor ella misma, o simplemente lo parece? ¿Si nos identificamos con un determinado equipo deportivo, con algún deportista destacado o con algún cantante de moda, se nos transfiere algo de su valor a nosotros mismos? No parece ser el caso. Veamos.

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Lo primero que debemos preguntarnos es cómo adquiere valor algo, especialmente los seres humanos. A primera vista, de manera evidente, nos damos cuenta que algo valioso lo es, no tanto por lo que tiene adherido en su superficie, sino por lo que interna e intrínsecamente es él mismo; por sus perfecciones y valor propios. Por ello las adherencias exteriores de cosas valiosas que no forman parte del valor intrínseco no agregan ningún valor a la persona. Esta es la falacia en la que viven quienes practican este tipo de actitudes. Ellos creen, como dice José Ingenieros, que de tanto oropel se adherirá alguna partícula a su sombra. No lo hará. Seguirán siendo quieres son; nada cambiará, aunque parezcan haber cambiado o ser mejores.

Los jóvenes varones que se suben a potentes automóviles para correr carreras o picadas en la calle, poniendo en riesgo a sus semejantes, conjuntamente con los que transitan temerariamente en motocicletas, haciendo alarde de gran velocidad, ¿son ellos mismos rápidos y poderosos o lo son solamente sus autos y motocicletas? El conducir automóviles o motocicletas veloces y ruidosas, que destilan poder y rigor por todos lados, ¿hace a quienes la conducen rápidos y poderosos? ¿Más varoniles, acaso? Ciertamente que no, pobrecitos. No hay nada peor para una persona que buscar constantemente algo anhelado para sí mismo allí donde no se encuentra, allí donde nunca se obtendrá.

Pero estas reflexiones no deben llevarnos a sentirnos mal sobre nosotros mismos, sino al contrario. Si realmente queremos ser valiosos, y nos damos cuenta que las estrategias que estamos siguiendo no lo logran, que fracasan tremendamente, podremos de una vez cambiar para lograr ser valiosos de verdad. Si nos damos cuenta de que no importa el auto o la ropa que tengamos, por más bueno que sea, en nosotros mismos nada cambiará por la simple adherencia de ello. Por lo tanto podremos comenzar a recorrer el camino por el cual sí podemos ser más valiosos. Pero, ¿cuál camino es este?

Este es un camino interior, por supuesto; y no es algo que necesariamente va a estar a la vista de los otros. ¿Podremos tolerar no estar en la vidriera, ante los ojos aprobatorios o descalificatorios del otro? El camino que proponemos es el camino que lleva a perfeccionar y actualizar nuestro ser interior, nuestra esencia, quien en verdad somos, y no a simplemente parecerlo, adhiriendo a nuestra superficie elementos supuestamente valiosos ajenos a nosotros.

Otra reflexión que surge de este tema es la excesiva importancia que le damos a la mirada de los otros en cuanto al valor de nosotros mismos. Necesitamos sin duda ser valorados, pero ¿puede esto ser hecho de cualquier manera? ¿Podemos otorgarle a cualquier persona la potestad para que evalúe nuestro valor o solamente debemos otorgar este poder a las mejores personas, la que verdaderamente e intrínsecamente son los mejores exponentes de perfección de nuestra raza humana? Este no es un tema menor, y su reflexión nos debe acompañar durante toda nuestra vida.

Por Hugo Landolfi