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Muchas veces en nuestra vida, dentro del ámbito laboral, deportivo o familiar, tenemos en mente un proyecto que requiere de la participación de varias personas para llevarse a cabo. Entonces, uno mismo se entusiasma y le comienza a comentar a ciertas personas sobre el proyecto y, además, las invita a participar del mismo.

Vamos a poner un ejemplo: Supongamos que nuestro proyecto es ir a la luna.

Entusiasmados, llenos de energía, empezamos a realizar cálculos y estrategias, y a pensar con cuáles personas nos gustaría ir allí. Siguiendo con el ejemplo pensamos: “Mi amigo Carlos es ideal, pues tiene conocimiento de técnica y mecánica”. Agragamos: “Mi amiga Gisella sabe cocinar de maravillas, y necesitamos alguien que cocine”. Finalmente: “Mi hermano Pedro siempre me acompaña en mis aventuras”. Así que vamos y les decimos a ellos sobre nuestro proyecto. Usualmente la reacción es tibia, o entusiasta, pero se vuelve tibia en poco tiempo. Aquellos “elegidos” que queríamos como compañeros del viaje a la luna si han ido desembarcando del proyecto, poco a poco, tal vez sin decirlo con palabras, pero diciéndolo con gestos y actitudes.

Finalmente, nosotros como viajeros interestelares nos frustramos y abandonamos momentáneamente el proyecto, pero el mismo siguirá vivo en nuestro interior. Cierto día nos cruzamos con un viejo compañero de secundaria que hacía años que no veíamos. Al preguntarle “en qué andas”, él nos contesta: “siempre igual, soñando con ser astronauta”. A nosotros, ante tal respuesta, se nos ilumina el rostro y la esperanza. Otro día conocemos por accidente a una señorita que tropieza en la calle, de la cual nos hacemos amigos. Al ir conociéndola, descubrimos que su sueño es “viajar a donde sea y cocinar”, y nosotros pensamos “es la mujer perfecta”. Para terminar, un día en el club coincidimos con alguien completamente desconocido en nuestro propio equipo, que entró en reemplazo de alguien lesionado, y a quien algunos le dicen como sobrenombre “el astronauta” por su tendencia a hablar del espacio y del cosmos. “Bingo”, decimos para adentro. Así, con un equipo de completos desconocidos al momento de gestarse el proyecto, el mismo puede comenzar a hacerse realidad.

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Este ejemplo intenta ilustrar algo que casi siempre me ha pasado y que seguramente la mayoría de las veces les ha sucedido a ustedes cuando idearon un proyecto. No es con quienes inicialmente pensábamos que nos irían a acompañar con quienes finalmente lo terminaremos haciendo, sino (si la frustración no nos hace abandonar el mismo) con personas tal vez desconocidas en ese momento.

Esta reflexión es importante para saber tres cosas:
1) No debemos frustrarnos cuando invitemos a alguien a un proyecto y este no quiera participar, o diga que sí con la boca pero no con sus actitudes. Esto es lo que más habitualmente sucederá.
2) Debemos tener presente que seguramente las personas ideales para este proyecto aún no las conocemos, y debemos mantener el proyecto vivo y vigente hasta que ellas aparezcan o re aparezcan en nuestra vida.
3) No es inicialmente importante a quien nosotros elegimos, si quién tienes las aptitudes y deseos necesarios para realizar el proyecto, aunque no lo conozcamos.

¿Tienen experiencias al respecto? Si es así y gustan de comentarlas, serán muy bienvenidas.