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Desarrollo Personal

Cómo superar una crisis

Por Hugo Landolfi
Autor del libro “De víctima a protagonista

Hoy quiero explicar mis reflexiones un tema sobre el cual recibo muchas consultas y que se relaciona con lo que las personas llamamos “Crisis”, y que incluye a ciertos tipos de crisis vitales, problemas acuciantes de la vida, que nos colocan frente a un problema ante el cual mostramos serias dificultades para solucionarlo.

¿Qué pasa cuando en la vida estamos ante lo que llamamos una crisis? ¿Qué es una crisis? Habitualmente implica la presencia de un hecho, de algo que sucede o acaece súbitamente, frente a lo cual nuestras estrategias para afrontarlo comienzan a tener dificultades en cuanto a su efectividad porque ese hecho, de alguna manera, atenta contra el modo de pensar o el modo de vivir que teníamos hasta ese momento. Las estrategias que hasta ese momento eran efectivas para vencer las dificultades vitales comienzan a dejar de serlo. La “teoría” con que afrontábamos los problemas de la vida de pronto se muestra insuficiente.

Si ejemplificamos esto mediante una metáfora podemos decir que afrontar una crisis es como perder la seguridad del piso sobre el cual estamos parados. Toda persona en crisis siente que aquellas seguridades, o aquellas firmezas donde se encontraba asentado, empiezan a moverse, comienzan a estar flojas, y ahí empieza a aparecer la incertidumbre, la inseguridad, es decir, todas esas cuestiones que ya conocemos las personas que hemos tenido crisis a lo largo de la vida.

Esto se puede ilustrar mediante un gráfico sencillo en dos ejes, donde ponemos el tiempo en un eje y algo que podríamos denominar “incertidumbre” en el otro, siendo este uno de los elementos que más varía en toda crisis. Normalmente vemos que a lo largo de la vida, en distintos aspectos de la misma, vamos teniendo ondulaciones en cuanto a la certidumbre y a la seguridad. Por ejemplo, uno de los aspectos de la vida que podemos evaluar según este criterio son las relaciones interpersonales. Dichas relaciones nos dan un mayor o menor grado de seguridad o certidumbre, de tal modo que si graficamos a lo largo del tiempo nuestra línea de relaciones vamos a ver que es algo ondulante con algunos picos, algunos valles, pero más o menos se mantiene la variabilidad dentro de una línea y de unos ciertos márgenes.

Podemos graficar otro elemento de la vida como, por ejemplo, el trabajo, que implica el dinero que ganamos, lo que podemos hacer con ese dinero, el hecho de comprarnos una casa, de pagarnos nuestro sustento, el de nuestros hijos y el de nuestras familias; y también vemos que podría asociarse a una curva similar a la anterior con picos y con valles. “Relaciones” por un lado, “trabajo” por otro, y podemos agregar un tercer elemento que podría ser algo relacionado con la “fe religiosa”. Ella también muestra oscilaciones a lo largo de la vida, sube, baja, pero mientras la variabilidad se mantenga más o menos dentro de ciertos márgenes que ya conocemos, la crisis no aparecerá porque ya estamos acostumbrados a esa variabilidad en la certidumbre o en la incertidumbre y podemos hacer pie bastante seguros frente a dichas variaciones.

Ahora bien: ¿qué pasa cuando en algunos de estos aspectos aparece una variación muy intensa? Vamos a poner por ejemplo el caso donde en una de nuestras relaciones, una relación que puede ser con un padre o una madre, una relación de pareja, con hijos o hijas, aparece una pérdida de certidumbre muy importante. Venimos marchando tranquilos por la vida y, de pronto, tenemos una verdadera crisis. Algo importante sucede que nos aumenta la incertidumbre sobre todas aquellas cosas que en la vida nos daban certidumbre, y nos colocan frente a una situación nueva porque, cuando estábamos manejando anteriormente las pequeñas variaciones de incertidumbre, no nos poníamos a pensar determinadas cuestiones sobre la vida, que sí determinadas crisis nos llevan a pensar. Cuando estas cosas pasan, se comienzan a disparar en la vida de las personas lo que yo llamo, o lo que se llama: “Reflexiones filosóficas”. De golpe empezamos a pensar sobre la vida, sobre qué es la vida, sobre para qué estamos aquí, sobre la naturaleza de aquella cosa que generó la crisis, sobre hacia dónde vamos, preguntas que antes de la crisis no estaban presentes en forma consciente en nuestra vida.

O sea que la crisis nos pone de cara, al moverse nuestro piso, frente a las preguntas más importantes de nuestra vida. Preguntas que usualmente son de carácter filosófico. Y preguntas sobre las que habitualmente en la vida normal, de no mediar una crisis, no tenemos presentes en forma consciente. Es como si viviéramos alejados, olvidados, de las cuestiones más importantes de la vida.

Pero: ¿qué sucede si tenemos una crisis en un aspecto o variable de la vida pero en los otros aspectos las cosas se mantienen más o menos similares? Generalmente cuando acaece una crisis importante en uno de los aspectos de nuestra vida, tenemos un gran aumento de la incertidumbre, pero usualmente ese aumento de la incertidumbre no una cosa sumamente grave, aunque en ocasiones puede llegar a serlo. Dicha crisis “menor” nos llevará a cuestionarnos determinadas cosas pero, como todavía podemos hacer pie en otros aspectos de nuestra vida que aún se encuentran firmes, como por ejemplo el conservar un buen trabajo o mantener una fuerte fe religiosa, o si perdemos el trabajo y nuestras relaciones nos siguen apoyando y estimulando, en general se puede salir medianamente airoso de estas situaciones.

Entonces: ¿qué pasará cuando en la vida aparecen crisis graves que son simultáneas? Por ejemplo, supongamos que estamos en una situación en la que tenemos relaciones que vienen más o menos bien y de golpe se derrumban. Además, tenemos un trabajo que viene más o menos bien sostenido y lo perdemos. Y, finalmente, perdemos nuestra fe religiosa. Aquí tenemos una gran crisis, lo cual a algunas personas “se las lleva puestas” porque pierden todas las seguridades y las certidumbres que antes tenían, y se derrumban completamente. Esto pasa cada tanto en la vida y, si bien nos ponen frente a las preguntas más importantes de la vida que son filosóficas, a veces no tenemos herramientas para responderlas. Y no tenemos en ninguno de los aspectos de nuestra vida elementos dónde apoyarnos porque todos han caído. Usualmente la persona que se encuentra en esta situación tampoco puede ver el futuro de un modo optimista. El mismo aparece como una caja negra. Piensa que todo va a quedar derrumbado para siempre. El pesimismo se hace presente.

Pero si miráramos la vida como si pudiéramos abstraernos de la misma para observar estas grandes crisis a distancia, percibiremos que nuestras grandes crisis generalmente llevan hacia una recuperación, e incluso una crisis puede servir para elevar alguno de los aspectos anteriores a una altura mayor de certidumbre. Por esto no debemos olvidarnos que no debemos ser completamente negativos ante una grave crisis porque usualmente el futuro conlleva a una recuperación de esas crisis y a veces, en alguno de sus aspectos, una superación del estado anterior de certidumbre.

Cuando suceden estas crisis “mayores”, aparecen los suicidios, las adicciones, las drogas, el alcohol, etc. Algunas de estas crisis pueden implicar hechos graves como la pérdida de un hijo, de una madre, de un padre, que pueden combinarse con la pérdida de un trabajo muy importante o con la pérdida de la fe, aquella certidumbre más grande que podemos tener sobre la vida.

Hay muchos aspectos de la vida que cuando se juntan en crisis hacen que el desafío de la persona para superarla sea mucho mayor. Entonces: ¿Qué hacer frente a estas cosas?

Primero: no desesperar. ¿Por qué no desesperar? Porque no debemos enfocarnos solamente en el presente de la crisis olvidándonos del futuro. El futuro usualmente nos mostrará que muchos de esos aspectos se van a solucionar y que algunos van a ser incluso superados del estado anterior en el que veníamos. La esperanza en el futuro es clave para superar una crisis.

Segundo: buscar apoyo. Apoyo profesional, un coach, un psicólogo, un filósofo, un terapeuta, un amigo, etc. No quedarnos quietos esperando que las cosas se solucionen “mágicamente”.

Tercero: detenernos a pensar las cuestiones filosóficas de la vida ante la cual la crisis nos pone violentamente de frente. Pensar, reflexionar, volver a conectarnos con las cosas más importantes de nuestra existencia. Recuperar la fe, recuperar aquellas cosas que hemos perdido. Y todo esto seguramente nos va a reorientar hacia una vuelta a la certidumbre y a la seguridad que la crisis de la vida nos ha quitado.

Así que éstas son simplemente algunas ideas para que reflexionemos sobre algo tan importante en la vida del hombre y del ser humano que son las crisis y frente a lo cual ninguna persona puede decirse que se encuentra ajeno a sufrirlas.

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De víctima a protagonista: Explicación de un caso

Uno de los problemas que más habitualmente poseen las personas es que se encuentran estancadas en la vida. Esto se manifiesta ciertamente en diversos aspectos de la misma como el trabajo, las relaciones interpersonales, los proyectos personales de diverso tipo, etc., etc.

¿Quién de nosotros no ha estado en un trabajo donde no era posible progresar? ¿Quién no ha tenido un proyecto personal estancado durante mucho tiempo? ¿Quién no ha tenido dificultades crónicas en sus relaciones interpersonales, especialmente con su pareja, amigos, etc.?

En todo orden de la vida existen dificultades que aparecen periódicamente. El problema no es que las dificultades aparezcan sino que las mismas tengan el poder de detener nuestro avance, de estancarnos.

Aquí debemos reconocer que toda dificultad que nos estanca debe tener nuestro aval para hacerlo. Si nosotros no se lo permitimos, ninguna dificultar podrá detenernos. A lo sumo podrá demorarnos.

¿Cuándo le damos el aval a una dificultad para detener nuestro avance?

Personalmente creo que se lo damos cuando adoptamos una actitud de víctimas frente a dicha dificultad. Veámoslo con un ejemplo tomado de un caso laboral donde una persona, Ariel, se queja de que no puede progresar en su trabajo:

“En la empresa en que trabajo es imposible progresar. Nadie puede hacerlo. Además, mi jefe no me soporta y nada de lo que yo haga le sienta bien. Ya no sé qué hacer para progresar allí, y como cualquier cosa que haga parece no funcionar, me quedo sin hacer nada”.

Ariel explica su imposibilidad para progresar en la empresa donde trabaja mediante factores ajenos a él mismo. Su estancamiento se debe, según su relato, a que “en la empresa en la que trabajo es imposible progresar” y en que “mi jefe no me soporta”.

Lo interesante es que seguramente Ariel tenga razón en lo que dice, pero NO reconoce que esa es solo una parte de la historia. Ariel se victimiza en su relato para manifestar que su estancamiento no depende de él sino de lo que sucede en la empresa y con él mismo. Explica su estancamiento por sus circunstancias.

¿Por qué su relato no incluye alternativas de explicación que lo ayuden a solucionar su problema en vez de mantenerlo estancado?

Victimizarnos es la mejor manera de hacer que nuestros problemas y dificultades se hagan crónicos. Y lamentablemente es una estrategia que utilizamos una y otra vez.

La clave para encontrar una solución a esto es transformar nuestro relato “De víctima a protagonista”. El protagonista no es ingenuo. No dice: “no hay dificultades”, sino que dice “relataré la historia dándole preponderancia a las situaciones que pueden sacarme de mi estancamiento”.

¿Cómo sería el relato de Ariel si hiciera esto? Veamos:

“Sé que en la empresa en que trabajo es imposible progresar pero, si quiero progresar y sé que aquí no puedo, debo comenzar a pensar en irme a trabajar a otra empresa. Además, mi jefe no me soporta y nada de lo que haga parece satisfacerlo. Este es otro motivo que debo tener en cuenta para descubrir que tal vez no sea en mi empresa actual donde deba seguir trabajando”.

Lo que vemos aquí es que el relato de Ariel como protagonista no niega las dificultades sino que las tiene muy en cuenta. La diferencia es que no utiliza las dificultades para mantenerse estancado sino que las utiliza para seguir progresando.

Esta es la esencial diferencia entre víctima y protagonista: mientras que la víctima utiliza las dificultades de su vida como excusa para seguir estancado, el protagonista las utiliza como razones para seguir progresando.

Mi método “De víctima a protagonista” explica un método sencillo y de fácil aplicación para que podamos transformar las explicaciones sobre los problemas de nuestra vida de víctima a protagonista. Al lograr dicha transformación, el estancamiento se transformará automáticamente en movimiento y progreso.

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¿Cuándo te DECIDISTE a ser inválido?

Reflexionando sobre el tema de la invalidez en el ser humano, vino inmediatamente a mi recuerdo el caso del músico de jazz Michel Petrucciani. Michel, quien ya falleció, llevaba sobre sus espaldas uno de los casos de invalidez corporal más extremos, especialmente incapacitante para una persona que tocaba el piano. Y sin embargo, a pesar de todos sus condicionamientos físicos y seguramente también psicológicos, él no se decidió a ser un inválido. No dió su consentimiento. Nunca admitió para sí mismo la invalidez como una forma de vida. Veanlo ustedes mismos en el siguiente video.


El caso de Petrucciani, y el de tantos otros, me ha llevado a la conclusión de que para vivir la vida como un inválido, entregados displicentemente al simple paso del tiempo y a la depresión, sin hacer nada para sobreponerse a ello, deben concurrir diversos factores. Se requiere, en primer lugar, una privación física, psicológica o de otro tipo. Pero además se requiere de nuestra indelegable decisión de vivir la vida como un inválido. Debemos dar nuestro concentimiento a la invalidez para que ella domine nuestra vida.

A la pianista china GuiGui Zheng le faltan todos los dedos de su mano derecha. Imagínense la cara de sus profesores de piano y de sus padres cuando les dijo, convencida, de que “a pesar de ello” quería ser pianista. Veanla manifestar su decisión de no ser una inválida.

No nos referemos aquí, valga la aclaración, a casos donde la invalidez impide la decisión conciente, sino a aquellos en los cuales la misma no se encuentra disminuída.

De este modo, entonces, me parece que para vivir la vida como un inválido, es decir, bajo la convicción personal de que no tenemos valor para realizar ninguna actividad, lo que debe primar no son los condicionamientos externos de la persona sino la decisión sobre la misma que tome en lo más profundo de su corazón. Cuándo, qué día y a qué hora, nos decidimos a ser inválidos, es la pregunta que debe responderse toda persona que se encuentre en dicha situación.

Le hemos concedido a la invalidez, en forma absolutamente conciente, el permiso de apoderarse de nuestra vida.

Existen numerosos casos, y los psicoterapeutas saben mucho de eso, donde las personas viven como inválidos sin tener ninguna disfunción física, sino psicológica. Enteritos de cuerpo, viven la vida como necesitando una silla de ruedas. Para ellos también caben todas las reflexiones aquí mencionadas, porque no podemos admitir que Michael Petrucciani no tenía que lidiar también, además de con su condicionamiento físico, con un condicionamiento psicológico de suma importancia.

Finalmente: Para quienes no han perdido el poder de decidir sobre su propia vida, la invalidez es una elección consciente y no una trágica broma del destino. A pesar de los innumerables condicionamientos físicos, psicológicos o espirituales que tengamos, que son completamente reales, tenemos también la posibilidad de optar por no concederle a ellos el poder de apoderarse de nuestra vida y dominarla.

¿Qué es amar?

Amar perfectamente es buscar el bien supremo de lo amado. Significa conducirlo al fin que le es propio pues allí se encuentra su felicidad completa y duradera. En el caso del hombre, el amor plenamente perfecto hacia él se manifiesta cuando se lo conduce hacia su fin último, que es Dios, pues este es su bien supremo. Esto es lo que hace Dios con la revelación: nos indica el camino para ir hacia El, que es nuestra felicidad. No lo hace, sin embargo, en forma coactiva, sino respetando siempre nuestro libre albedrío. Un libre albedrío que, curioso misterio, nos posibilita alejarnos de dicho fin último. Sin embargo, Dios mismo nos muestra e indica el camino, y todos los beneficios que este conlleva, por si en una de esas queremos tomarlo.

Amar implica considerar al prójimo “en sí mismo”, y no tanto considerarlo “para mí”. El amor genuino es la superación completa del asesinato menor que se manifiesta por ejemplo en la explotación del hombre por el hombre. Cuando el prójimo es considerado “en sí”, y no como un simple medio al servicio de nuestras necesidades —“para mí”—, es cuando el amor genuino puede aparecer. Es lo que hace Dios con nosotros en la revelación. El acto más pleno de amor. Pues, si como dijimos, amar perfectamente consiste en buscar el bien perfecto de lo amado, Dios nos ama perfectamente en la medida en que se revela para que podamos acceder al bien perfecto que es Dios —El mismo—, nuestro fin último. Y como si esto fuera poco, Dios mismo muere crucificado para que nuestros desvíos en el camino sean perdonados y así no nos perdamos de la posibilidad de acceder a su reino.

¿Somos todos adictos?

El ser humano de hoy, consumidor de drogas siempre —posible o actual—, es decir, el gran demandante cuya demanda es satisfecha por la oferta de los carteles organizados de tráfico de drogas, va a ser también el centro de nuestro estudio. Porque en definitiva el que consume drogas es un ser humano, es decir, una persona humana que libre y voluntariamente, al menos en principio, entrega su vida en forma voluntaria al consumo de estas sustancias. ¿Por qué haría algo así? ¿Por qué el ser humano de hoy necesita, cada vez con más asiduidad, consumir drogas, consumir productos que le hagan olvidar de sí mismo, que lo anestesien? ¿Qué elementos de su vida lo lleva a eso? ¿Esos elementos, están en todas las personas o solamente en algunos? ¿Dicha persona es la víctima de un sistema perverso que lo oprime y explota o es, en cambio, el protagonista de vivir un modo de vida que requiere, para poder ser vivido, de la existencia de drogas, de sustancias que lo adormezcan? ¿Qué es, en definitiva, una droga? ¿Es solamente el elaborado producto que ofrecen los narcotraficantes o existe otro tipo de drogas que son tan adictivas como las primeras pero que, no solamente no se encuentran prohibidas, sino que ni siquiera las sospechamos nocivas? ¿No será que todos los hombres de hoy necesitan estar drogados, entendiendo la droga de un modo más genérico, como un anestésico general, un anestésico para la vida? ¿Por qué necesitamos anestesia para vivir?

¿Qué dolor queremos evitar? ¿Se puede evitar el dolor? ¿Qué cosa, por más terrible que nos parezca, no queremos enfrentar? ¿La vida misma? ¿Por qué perseveramos en escaparnos de nuestra realidad humana? ¿Son las drogas un escape efectivo? ¿No será que nuestras vidas modernas no tienen sentido y que, para evitar enfrentarnos a dicha supuesta desgracia, buscamos adormecemos, nos auto anestesiamos y nos drogamos mediante el avnegamiento por el trabajo febril, con el híper consumismo materialista, con la devoción por la televisión vacía de contenidos, con la consagración a las apariencias mascaradas, generando y alimentando relaciones superficiales con nuestro prójimo y utilizando el alcohol, el cigarrillo y los estupefacientes para ni siquiera pensar en el profundo sin sentido que tiene nuestra existencia?

¿Tener cosas valiosas nos hace más valiosos como personas?

Existe una conducta común en las personas de toda raza y condición que consiste en tener y en identificarse con elementos ajenos a sí mismos, los cuales consideran, de alguna manera u otra, valiosos. Por ejemplo, las personas de mayor poder adquisitivo se identifican con los automóviles caros, como los de marca BMW o Mercedes Benz, con los vinos de calidad, con los ropajes, carteras y zapatos de marcas reconocidas, etc. Las personas de menores recursos también se dejan seducir por la vestimenta, aunque no ya tal vez por los automóviles lujosos sino por los más sofisticados teléfonos celulares, entre otras delicias. No se discute, por supuesto, el valor de uso o servicio que ofrecen este tipo de productos, el cual es indiscutible, ya que perfeccionan la naturaleza humana, sino que lo que se discute es la identificación de las personas para con ellos y la dudosa capacidad de estos para transferir su supuesto valor a las personas que los utilizan.

La pregunta relevante que conviene realizar aquí es si las cosas tenidas nos hacen mejores, es decir, si existe un influjo del valor de la cosa hacia la persona, de manera tal que al tener algo valioso nos hacemos valiosos nosotros mismos. Para ejemplificar: El tener el teléfono celular de última generación, que en sí mismo tiene cierto valor estético y de utilidad, ¿nos transfiere parte de ese valor a nosotros? ¿Somos nosotros, por el simple hecho de usar algo valioso, más valiosos de lo que éramos antes de usarlo? ¿De dónde viene el valor del ser humano, de lo que es de por sí o de las cosas que tiene?

La variedad de identificaciones mencionadas entre las personas y las cosas que poseen se muestran, no solamente con el uso de los antedichos artículos, sino con la manifestación expositiva del uso de los mismos. No es solamente usarlos la clave, sino que otros vean que los usamos. Mostrarlos claramente. Exponerlos. Aquí, la capacidad de cada persona para mostrar las marcas de los artículos que usa es una estrategia esencial. ¿Serían igualmente utilizados, los mencionados valiosos productos, si sus marcas no fueran visibles para otros, si la persona que los utiliza no pudiera demostrar a otros su adherencia e identificación a las mismas? ¿Qué valor de amistad puede tener el permanecer a un grupo de personas donde la entrada a dicho grupo consista en usar o en tener determinada ropa o bienes? ¿Para qué reunirnos con personas que no nos quieren por lo que somos sino por lo que tenemos? No digo que no debemos relacionarnos con estos grupos, simplemente seamos conscientes de que tal vez no nos quieran a nosotros.

¿Comprarían estas personas un BMW que no tuviera su marca claramente visible para otros, de tal manera que estos otros pudieran ver la identificación clara entre la marca y la persona que las usa? ¿Sucede con la ropa lo mismo? ¿Usarían las personas ropajes o zapatos de calidad que tuvieran oculta su marca, la cual otras personas no pudieran ver? Ciertamente que no. ¿Por qué hay “marcas truchas”, es decir, ropa de baja calidad que tiene una marca de una ropa de alta calidad? ¿Y por qué la gente la compra, aún sabiéndolo? No es, por cierto, por la calidad de la ropa misma, que es mucho más baja que la original, sino por la marca, por la capacidad de exhibirla. El colmo de ridículo es creer que una marca trucha plasmada en una prenda de baja calidad nos agregará algún valor.

Y estas actitudes no suceden solamente con las personas de mayor poder adquisitivo, como antes mencionamos, sino en todas las personas, sin importar su estrato social. Otra variedad incluye la fanatización e identificación con equipos deportivos, con deportistas célebres o con estrellas musicales, la cual es más típicamente una actitud de la adolescencia y de la juventud, aunque se manifiesta también en edades avanzadas. Esto también esconde el mismo mecanismo de identificación que pretende, por el solo hecho de adherirnos, otorgarnos valor. Ser de river en mejor que ser de boca. Los adolescentes fundan, por ejemplo, sus grupos de pertenencia en función de sus grupos musicales. Es claro que los fundamentos de su amistad se encuentran agarrado con alfileres. Es todo tan precario.

La pregunta que debemos hacernos es, sin embargo, si al identificarnos con algo que consideramos valioso, alguna virtud valiosa de ese algo es transferida a nosotros en el proceso de identificación. ¿Nos hace mejores a nosotros mismos el tener un auto de reconocida marca y calidad o seguiremos siendo los mismos de siempre? ¿Una mujer que utiliza un vestido de una marca recocida y valorada, es necesariamente mejor ella misma, o simplemente lo parece? Si nos identificamos con un determinado equipo deportivo, con algún deportista destacado o con algún cantante de moda, ¿se nos transfiere algo de su valor a nosotros mismos? No parece ser el caso.

Lo primero que debemos preguntarnos es cómo adquiere valor algo, especialmente el ser humano. A primera vista, de manera evidente, nos damos cuenta que algo valioso lo es, no tanto por lo que tiene adherido en su superficie, sino por lo que interna e intrínsecamente es él mismo; por sus perfecciones propias. Por ello, las adherencias exteriores de cosas valiosas que no forman parte de su valor intrínseco no agregan ningún valor a la persona. Como dice el dicho, la mona, aunque se vista de seda, mona queda. Esta es la falacia en la que viven quienes practican este tipo de actitudes. Ellos creen, como dice José Ingenieros, que de tanto oropel se adherirá alguna partícula a su sombra. No lo hará. Seguirán siendo quieres son; nada cambiará, aunque parezcan haber cambiado o ser algo mejores.

Los jóvenes varones que se suben a potentes automóviles para correr carreras o picadas en la calle, poniendo en riesgo a sus semejantes, conjuntamente con los que transitan temerariamente en motocicletas, haciendo alarde de gran velocidad, ¿son ellos mismos rápidos y poderosos o lo son solamente sus autos y motocicletas? El conducir automóviles o motocicletas veloces y ruidosas, que destilan poder y rigor por todos lados, ¿hace a quienes la conducen rápidos y poderosos? ¿Más varoniles, acaso? Ciertamente que no. No hay nada peor para una persona que buscar constantemente algo anhelado para sí mismo allí donde no se encuentra, allí donde nunca se obtendrá. Existen caminos para ser valiosos, pero no son estos.

Pero estas reflexiones no deben llevarnos a sentirnos mal sobre nosotros mismos, sino al contrario. Si realmente queremos ser valiosos, y nos damos cuenta que las estrategias que estamos siguiendo no lo logran, que fracasan tremendamente, podremos de una vez cambiar para lograr ser valiosos de verdad. Si nos damos cuenta de que no importa el auto o el celular que tengamos, por más lindo que sea, en nosotros mismos nada cambiará por la simple adherencia de ello a nuestro cuerpo. Por lo tanto, podremos comenzar a recorrer el camino por el cual sí podemos ser más valiosos. Pero, ¿cuál camino es este?

Este es un camino interior, por supuesto; y no es algo que necesariamente va a estar a la vista de los otros. ¿Podremos tolerar no estar en la vidriera, ante los ojos aprobatorios o descalificatorios del otro? ¿Podremos tolerar no pertenecer a los grupos de status? El camino que proponemos es el camino que lleva a perfeccionar y actualizar nuestro ser interior, nuestra esencia, quien en verdad somos, y no a simplemente parecerlo, adhiriendo a nuestra superficie elementos supuestamente valiosos ajenos a nosotros. El despliegue de la grandeza que duerme dentro de nosotros es el único camino genuino a través del cual podemos auto valorarnos en la acción cotidiana.

Sin embargo, tenemos un valor implícito debido a nuestra misma esencia y existencia, que viene indefectiblemente con nosotros desde nuestro mismo nacimiento, desde el mismo momento que comenzamos a existir. Este valor radica en nuestra vida humana, el más excelso de los modos de vida del mundo material. Somos seres pensantes y conscientes, llamados a desplegar sus alas bajo su propia responsabilidad, por nuestro libre albedrío, en camino hacia un fin último que es Dios, la fuente genuina de nuestra existencia y el objetivo último de nuestro camino de vida. Un ser tal, no puede sino valer mucho. ¿Qué valor genuino le agregará algo que se adhiera a la superficie de su piel?

Viktor Frankl, en el campo de concentración, cuando todo le había sido quitado, decía que se encontraba con su “existencia desnuda”. Pensándolo bien, ¿no es nuestra existencia desnuda lo que más genuinamente tenemos y nos identifica? ¿Puede cambiar eso algo de lo que tengamos? Si lo que somos no es lo que tenemos, solamente siempre tenemos con nosotros nuestra existencia humana desnuda con la capacidad de ser genuinamente humana, como nos enseñó Frankl.

Tener cosas, por cierto, tiene su importancia, pues perfeccionan nuestra naturaleza humana. Vestirnos, comunicarnos y transportarnos son necesidades de nuestra vida. El problema surge cuando los instrumentos al servicio de nuestra vida se transforman en elementos que, por el solo hecho de tenerlos y exhibirlos frente a otros, nos hacen creer que nos harán más valiosos. Nada de eso puede hacerlo, sino solamente nuestro crecimiento interior.

Otra reflexión que surge de este tema es el por qué de la excesiva importancia que le damos a la mirada de los otros en cuanto al valor de nuestra persona. Necesitamos sin duda ser valorados, pero ¿puede esto ser hecho de cualquier manera? ¿Podemos otorgarle a cualquier persona la potestad para que nos evalúe o solamente debemos otorgar este poder a las mejores personas, a las que verdadera y genuinamente nos aman? Frente a estas personas, las que nos aman de verdad, ningún aditamento ni disfraz es necesario, solamente el resplandor genuino de nuestro ser auténticamente humano. Este no es un tema menor, y su reflexión nos debe acompañar durante toda nuestra vida.

Por Hugo Landolfi

La responsabilidad exige a la libertad

Una de las primeras condiciones de la responsabilidad es que exige la libertad, puesto que solamente ante la posibilidad cierta y concreta de poder auto gestionar nuestras propias decisiones voluntarias, traducidas en actos y obras, es que podremos responder sobre las mismas. A ciencia precisa, la libertad es una cierta, aunque no ilimitada, capacidad de gestionar todo los actos voluntarios y espontáneos inherentes a nuestra propia vida, incluyendo, pero no limitándose, a nuestras elecciones, preferencias y decisiones. Esta capacidad no es absoluta, pues existen ciertas elecciones que no podremos realizar, especialmente las referentes a nuestros fines últimos como seres humanos. De esta manera no podemos no elegir el bien o la verdad como aspiraciones últimas de nuestras potencias de conocimiento. Sí podemos elegir, en cambio, los caminos intermedios que nos llevan a esos fines.

De esta manera, nuestra responsabilidad no es completamente incondicional, como quieren algunos consultores , sino medianamente circunscripta y condicionada. Pero no condicionada solamente por el determinismo inferior de las circunstancias que nos presenta la realidad, sino por aquello que en nuestra naturaleza humana no nos permite elegir indiferentemente. Si en nuestros actos no podemos no elegir el bien y la verdad, nuestra capacidad de elección y, por ende, de respuesta, no puede ser incondicional. El ser humano realiza todas sus elecciones libres voluntarias bajo la razón de bien. La voluntad, a la vez, es guiada por una verdad que le otorga la inteligencia al conocer. La víctima elige victimizarse porque cree que eso es bueno para ella. Elige la inocencia bajo una razón de bien, creyendo que es bueno para sí, aunque en el fondo no exista tal bien. Basta con que la persona crea que algo es bueno, para que la voluntad humana se ponga en movimiento tras ello. Y esto siempre funciona así en el ser humano. Nunca podemos elegir algo que no creamos que es bueno, aunque en sí mismo no lo sea; y esto condiciona ciertamente nuestra supuesta responsabilidad incondicional, que en el fondo no es tal.

Defectos y mediocridad humana: algunas consideraciones

Si, según yo lo entiendo, la mediocridad es la falta de un desarrollo y perfeccionamiento significativo en las personas según las posibilidades de su propia naturaleza humana, es menester que las personas mediocres tengan notables y variados defectos. Defectos entendidos, por supuesto, como un faltante, como una carencia.

Además, el “homo mediocris” se caracteriza por otro elemento significativo: en forma adicional al hecho de estar significativamente infra desarrollado, tampoco avanza en el camino de su perfección. Se encuentra parado y detenido. Inmóvil.

Para finalizar, el mediocre cuida y alimenta sus defectos; se jacta de ellos, los sustenta y, generalmente, los hace crecer. Los ama; son como sus hijos bien amados. Esto último como siendo lo opuesto a la conducta virtuosa esperable de una persona no mediocre, que detesta sus defectos, no patológicamente, sino como un modo de estar en camino hacia su disminución lenta y paulatina.

Para sintetizar, entonces, el “homo mediocris”, como me gusta llamarle, posee cada una de las siguientes características:
1) Se encuentra poco desarrollado y perfeccionado en cuanto a las posibilidades de su naturaleza humana.
2) No avanza en el camino hacia su perfección sino que se encuentra estancado en su estado infra desarrollado. Está inmovilizado.
3) Por su poco desarrollo tiene notables defectos, carencias. El mediocre los ama y los cuida. Los hace crecer y los sostiene. ¡Se jacta de ellos! Sus defectos son su orgullo. Una frase típica que lo manifiesta es: “Yo soy así” o “Siempre fui así”.

Por otro lado, la persona excelente, como opuesta a la persona mediocre, no es alguien que no tenga limitaciones en su desarrollo. Todos nosotros, en definitiva, nos encontramos poco desarrollados y perfeccionados en cuanto a las extraordinarias posibilidades a nuestra naturaleza humana. Unos más y otros menos, por supuesto. Los mediocres usualmente más. Pero no es este punto el que distingue al mediocre del excelente. No es el punto “uno” de los tres puntos anteriores. Son los otros dos. Veamos.

Si todos, en mayor o menor medida, nos encontramos infra desarrollados en cuanto a la capacidad de perfección de nuestra naturaleza humana, lo que nos hace ser mediocres o excelentes es nuestra actitud frente a ello.

El hombre excelente, independientemente de su grado de desarrollo, avanza en el camino de su perfeccionamiento personal y se aleja paulatinamente, unos más rápidamente que otros, de la mediocridad. El mismo hecho de caminar hacia la excelencia implica alejarse de la mediocridad, aunque no se haya llegado al destino. De este modo, la excelencia no es un punto de llegada, un logro en sí mismo, sino un camino. Aristóteles decía que la excelencia es un hábito, no un acto. Y no podemos más que acordar con él. Lo que define a un ser humano no es solamente el lugar donde se encuentra actualmente, sino más que su lugar actual lo define el hacia donde se dirige.

La persona excelente jamás podrá jactarse de sus defectos y limitaciones. Nunca las hará crecer ni las amará, sino todo lo contrario. Hará todo lo posible para que decrezcan y se achiquen. Para que poco a poco vayan desapareciendo.

Finalmente, entonces, la diferencia esencial entre el hombre mediocre y el hombre excelente radica, no tanto en su grado de desarrollo actual, sino en el grado de desarrollo deseado y el modo en que avanza hacia allí. Además, el ser humano excelente detesta sus carencias y trabaja constantemente para eliminarlas.

La actitud y el estado fututo perfecto deseado para sí, más que cualquier otra cosa, hace la diferencia.

Todos tenemos un dios pero no todos tenemos un Dios

El ser humano, en forma natural, tiene a buscar un principio de todas las cosas, algo originario que se constituya como explicación última y suficiente de todo lo que existe y de todo lo que sucede. Esta actitud se encuentra inscripta en su corazón y es completamente natural en él. Aunque quiera, nunca podrá dejar de realizarla. Por eso es que todos los seres humanos tenemos un dios, con minúscula. Pero eso no significa que todos tengamos un Dios, con mayúscula.

Ejemplos de dioses, con minúscula, son el propio yo, la propia razón —aún cuando sea agnóstica o atea—, el propio ego, la materialidad, la naturaleza, la evolución, etc. La característica del dios con minúscula, del dios menor, es que es intramundano y, por ende, finito y limitado. Es un dios deficiente, poco capaz, que no satisface en explicar finalmente los principios últimos y absolutos de toda la realidad.

Dios con mayúscula, sin embargo, hay uno solo: un Ser Absoluto trascendente al mundo y metafísicamente diferente a todo lo finito y contingente que hay en el mundo.

Quienes dicen, por ejemplo, que el Dios con mayúscula no existe, los ateos o los agnósticos por citar los ejemplos más extendidos, tienen un dios con minúscula: la razón humana; su propio razonamiento. Ellos han puesto en manos de la razón humana el principio explicativo de la realidad, aún cuando esa explicación indique que no hay un fundamento trascendente. Este dios deficiente, la razón humana, se ha mostrado claramente incapaz de escudriñar las realidades inteligibles más elevadas.

Los narcisistas y ególatras, que son legión como vimos hace poco, se tienen a sí mismos como dioses. ¿Quién necesita de un Dios si es uno mismo un dios? He ahí el infierno que vive esta raza, ya que se consideran la medida de todas las cosas. Por supuesto, su precariedad conceptual es alarmante, usualmente inconsciente. Y su deficiencia como dioses auto propuestos es claramente manifiesta.

Los principios explicativos científicos —de la ciencia positiva— también funcionan a la manera de dioses menores, deficientes. El Big Bang y la teoría de la evolución buscan dar a principios meramente materiales el poder causativo de toda la realidad. Por supuesto, los adherentes al Big Bang nunca pudieron ni podrán explicar como el “pequeño punto caliente y denso” desde el cual se originó la explosión originaria pasó de la nada al algo, del no ser al ser. De este modo, volvemos a validar la idea de que los dioses con minúscula son “deficientes”.

Así las cosas, y dado que no podemos sino tener un dios o un Dios: ¿A cuál de ellos elegir? ¿Qué negocio es elegir a un principio explicativo deficiente, limitado y contingente? Curiosamente, una gran mayoría de las personas lo elige.

Solamente un Dios trascendente y perfecto califica adecuadamente para funcionar como un Dios en serio para el ser humano, el Dios que su corazón busca y el cual no descansará —como quería San Agustín— hasta que lo veamos cara a cara.

Buscando una grieta creativa entre el trabajo y el descanso

Mayormente, las personas de hoy en día alternan sus actividades entre dos ámbitos bien diferenciados. El trabajo, por un lado, y el descanso y el ocio, por el otro. En general, no puede decirse que las personas sean felices en sus trabajos, dado que difícilmente les agradan las actividades que realizan en los mismos. Por supuesto, hay honrosas excepciones, pero temo no equivocarme al pensar que la mayoría de las personas no es feliz en su trabajo, dado que allí hacen cosas que no les gustan.

Dado que el trabajo no solamente es desagradable sino también cansador –y más cansador cuanto más desagradable es–, la máxima aspiración cuando se está dentro del trabajo es estar fuera de él para descansar, anhelando entregarse al ocio y al bienestar de “pasarla bien”, suprema aspiración nihilista de nuestra cultura. La intrascendente rutina repetitiva recientemente manifestada que va desde el trabajo cotidiano desagradable al descanso ocioso extra laboral, no tarda en echar profundas raíces en la vida de las personas, de manera tal que, cuando la mencionada rutina se ha implantado, la vida de la persona puede reducirse simplemente a eso: del trabajo a casa –a descansar– y de casa al trabajo.

No hace falta aclarar la necesidad del trabajo y del descanso para la vida de las personas. No hacemos una crítica de ello aquí. Tanto el trabajo como el descanso y el ocio son actividades esenciales en la vida de las personas y deben tener una prioridad acorde a ello. El problema surge, sin embargo, cuando toda la vida de una persona se reduce a ello: solamente trabajar en una labor que difícilmente le agrade, y como término opuesto, el deseo profundo e inquebrantable de escapar de dicha labor para descansar y pasarla bien. El anhelabo “bienestar” que propone nuestra cultura.

Una grieta

El hombre contemporáneo, de este modo, se encuentra preso en la dinámica ciertamente nociva entre dos polos opuestos: un trabajo de algún modo desagradable, que no lo plenifica, y un tiempo de descanso, que si bien hace que la persona la pase mejor, tampoco lo plenifica. Pues, dada la comentada dinámica, ¿dónde aparece el ser humano genuino, el ser espiritual, que se manifiesta en obras y en actos en este mundo? En ningún lado; y así está nuestro mundo. Renunciando a ser auténticamente humano, el ser humano se ha animalizado pasando sus días alternando entre la labor rutinaria y el descanso, que siempre es un descanso para volver a esa labor.

Quién elige ese modo de vida para sí vive –como dijo un pensador– una vida de silenciosa desesperación. Habiendo renunciado a su humanidad, elige debatir sus días simulando ser más un animal de carga que un ser humano. Trabajo y descanso; eso lo define. El ser humano genuino allí no aparece. Sí lo hace el hombre mediocre que se contenta solamente con eso. Quien no es mediocre ha de haber encontrado la grieta creativa que aquí proponemos para manifestar nuestra humanidad al mundo, nuestro ser interior más profundo y genuino. En actos y en obras.

¿Entonces no debemos trabajar ni descansar? Por supuesto que debemos hacerlo. El problema aparece cuando eso es lo UNICO que hacemos. Cuando nuestra vida se ha reducido solo a eso. Cuando nuestra mediocridad estructural no busca la grieta.

¿Qué es la grieta de la que aquí se habla? Es un espacio intermedio entre el trabajo y el descanso para que el ser humano pleno realice aquellas actividades que lo plenifiquen, para que manifieste su vocación sino puede hacerlo en su trabajo, para que aprenda y estudie lo que le gusta, para que ayude a su prójimo, para que realice actividades sociales significativas, para que pase tiempo en oración al servicio de Dios, etc. En definitiva, para que agregue valor humano al mundo, ni más ni menos.

¿Dónde está la mencionada grieta? Donde nosotros queremos que esté. Nosotros mismos debemos generarla, buscando un espacio entre nuestras actividades rutinarias para que podamos encontrar tiempo para manifestar nuestro ser más pleno, aquellas actividades para las que hemos nacido, las que el mundo espera de nosotros para ser mejor. Si no generamos nuestra grieta, nuestro espacio creativo para ser genuinos y humanos no aparecerá. Si no agregamos valor espiritual al mundo, seguiremos viviendo vidas de silenciosa desesperación, sumidos en la más genuina u auto elegida mediocridad, pues nuestro camino de vida siempre es nuestra propia y auténtica elección.

Por Hugo Landolfi