Oct 21

Si Dios no existe, no hay nada bueno ni malo para el hombre. Todo, absolutamente todo, se transforma en arbitrario. No hay nada que sea específicamente bueno para nosotros, que nos haga bien; ni hay nada específicamente malo y que nos haga mal o nos dañe. Desaparecería incluso el amor.

Suponiendo por un imposible que Dios no fuese para el hombre un bien de verdad, algo que es bueno, no habría para el hombre tampoco razón alguna para amar. Tomás de Aquino, Suma de Teología.

Sin embargo, el hombre sufre un gran daño y perjuicio que se manifiestan en la desesperación y la angustia extrema en que vive cuando vive olvidado de Dios. Si la tesis que sostiene que Dios no existe fuera cierta, el hombre, al elegir arbitrariamente, ya sea cuidar enfermos o conducir a la cámara de gas a millones de inocentes, como diría Camus, no se angustiaría ni se desesperaría. Porque, dijimos, la inexistencia de Dios borra de plano la idea del bien y del mal, lo bueno o malo para el hombre. Pero, sin embargo, el hombre ante la arbitrariedad de sus elecciones, ante la falta de significado de su vida, se angustia y se desespera, pues busca y necesita desesperadamente del bien. Del Bien Supremo, que es Dios. Esto también demuestra, por vía del absurdo, la existencia de Dios. Si Dios no existiese, sin importar lo que hiciéramos, no deberíamos angustiarnos ni desesperarnos, pues nuestra vida misma estaría diseñada para no esperar nada y para no angustiarnos ante lo ausente. No sentiríamos el dolor.

La angustia frente al dolor requiere de la existencia del mal, que, a su vez, requiere de la existencia del bien, pues el mal es un bien ausente y debido. Pero sin Dios no hay mal ni bien, sino solamente arbitrariedad. Pero puesto que existe el dolor, ha de existir el mal y, por ende, el bien. Por ende, ha de existir Dios.

Así como para la delectación se requieren dos cosas, cuales son la unión con el bien y la percepción de esta unión; así también se requieren dos cosas para el dolor, esto es, la unión con algún mal (que es mal por lo mismo que priva de un bien) y la percepción de esta unión. Ahora bien, todo lo que se une, si no tiene razón de bien o de mal respecto de aquel al que se une, no puede causar delectación o dolor. Por lo cual es evidente que el objeto de la delectación y del dolor es algo bajo la razón de bien o de mal. Tomás de Aquino, Suma de Teología.

Si nos desesperamos y nos angustiamos es porque hay algo ausente que el hombre necesita. Un bien debido. Esto ausente no será, tampoco, arbitrario, pues sino ante el olvido de Dios se angustiarían y desesperarían unos pocos y no casi todos, como en efecto sucede. Esa ausencia añorada, esa salvación de la muerte de un ser consciente de la misma que quiere vivir por siempre, no es otro que el rostro de su Dios. Su Creador.

SocialTwist Tell-a-Friend

Sep 05

El evangelio de Lucas relata el encuentro de Jesús con Marta y María, que son, en realidad, Marta y María de Betania, hermanas de Lázaro, a quien Jesús hubiera resucitado estando muerto, y en la casa de quienes se hospedó, al menos, en tres oportunidades. Dicho relato, pertinente al tema que nos ocupa, centra su cuestión en el tema de qué es lo importante dentro de las actividades del ser humano.

Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra. Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile pues que me ayude”. Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas. Sin embargo una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.

Todos somos Marta y María. En realidad, todos somos Marta o María, pues no podemos ser ambas al mismo tiempo. Podemos ser solamente una de ellas a la vez y adoptar sus actitudes de vida solamente de una a la vez. Y el centro de la enseñanza de Cristo radica justamente en algo que atañe al tema que nos ocupa en este texto: las adicciones o, más genéricamente, los anestésicos.

Nuestro mundo actual, al igual que Marta, se afana en realizar actividades frenéticas que no solamente no son importantes sino que lo alejan de su propio centro, de su humanidad. Frente a este, a su alienación, el hombre se desespera, siente dolor por el sin sentido de su propia vida, entra en la desesperanza, y se lanza al consumo de anestésicos de todo tipo y color. Pero Cristo, todo el tiempo, nos dice a las Martas del mundo, que seamos como María. Nos dice que no es necesaria agitarnos por muchas cosas sino por una sola y que esta, mensaje que se encuentra en general en todos los Evangelios, es la que nos dará la esperanza que puede hacer tolerable el dolor de vivir frente a la muerte pero ahora con un sentido y un significado plenos, pues llegamos a entender que esta vida se ordena a otra, y que finalmente nos espera la transcendencia en la visión de Dios, la fuente última de nuestra esperanza.

Pero nosotros queremos ser Marta, no María. Queremos tener cosas —tener, no ser—, entregarnos a actividades que nos alejan de nuestro núcleo humano, olvidarnos del prójimo —porque nos hemos olvidados de nosotros mismos— y luego anestesiarnos frente a la desesperación, el dolor, la angustia y la desesperanza que todo eso genera.

¿Y si de a poco aprendemos a ser como María? Nuestra intención en el presente texto se orientará hacia ello. Dado que si vivimos fruto de la angustia frente a la falta de significado sobre nuestra vida, y nos anestesiamos y drogamos como actitud frente a ello, tal vez lo mejor sea ir, lenta y paulatinamente, dejando las drogas, los anestésicos de cualquier tipo que sean, e ir encontrado el sentido y significado de nuestra vida allí donde se encuentra. En vez de anestesiarnos por no encontrarlo allí donde no se encuentra, vivir humanamente y plenos de sentido por buscarlo allí donde efectivamente se encuentra. ¿No es esto lo más razonable?

Porque lo que propone Jesús ante esta disyuntiva —Marta o María— es un orden de prioridades y también de cantidades. Hay solo una cosa importante; lo demás no es tan importante. Y a cada cosa se le debe entregar tiempo en relación directa a su importancia. Lo cual no significa que lo menos importante, o secundario, deba ser dejado de lado. De las cosas importantes, solo hay una. Nuestro error consiste en considerar importantes cosas que no lo son, y en quitarle importancia a la única cosa importante de nuestra vida. Esto lleva a una tergiversación de prioridades de la vida de la persona humana típica del mundo relativista en el cual vivimos. Pero, ¿qué esa sola cosa importante? Descubrir el significado de nuestra vida, indagar sobre cuál es su origen más allá de la generación corporal provista por nuestros padres, aprender cuál es nuestra finalidad en esta vida y descubrir el orden de esta vida terrenal a otra vida ultra terrena y vivir en consecuencia. Poca cosa, mejor sigamos mirando televisión o trabajando frenéticamente sin nunca pensar en eso.

SocialTwist Tell-a-Friend

Ago 18

Todo hacer y obrar, es decir, toda actividad humana, remite siempre al sujeto de ese hacer y de esa actividad: la persona humana. Este “remitir” de la actividad del hombre al hombre mismo, es doble. Por un lado, porque el ser humano puede descubrir quién es él a través de su actividad. Obrando y actuando conoce cualquier hombre quién es él en ese momento. Por otro lado, porque la naturaleza del sujeto protagonista de la actividad, la persona humana, permite conocer las capacidades y potencialidades de acción de dicha persona. Sin embargo, algo a tener en cuenta con respecto a esto es que la persona humana no viene “hecha” de fábrica sino que se encuentra siempre en camino de perfeccionarse, de desarrollarse, de desplegar sus alas. En camino de ser en plenitud lo que puede ser.

Este plantea un cierto problema, dado que si la persona sujeto de acción es un “ser en desarrollo”, sus obras y sus actos siempre manifestará su estado actual de desarrollo o de falta del mismo. Entonces, ¿Cómo saber cuáles son nuestras potencialidades, nuestras capacidades máximas o completas? ¿Cuál es nuestro máximo potencial? No podremos saberlo, ciertamente, al conocernos en nuestra acción, pues allí conocemos nuestro estado actual, pero no el posible.

El conocimiento de lo que somos, saber por fin quienes en verdad somos y podemos ser, tiene, al menos, dos caminos adicionales al ya mencionado. Uno es el acceder paulatinamente a un conocimiento filosófico del ser humano. Este tema no será tratado en este artículo.

El otro, que nos interesa ahora, consiste en vernos en los ojos de los que realmente nos aman. Así, además de vernos en nuestras obras y conocernos en las mismas, como se conoce al hacedor por su obra, también podemos conocer quienes somos (y quienes podemos ser) si nos vemos en los ojos de aquellas personas que nos aman genuinamente. Y aquí viene otra pregunta no menor: ¿Cómo saber quién nos ama genuinamente? El que nos ama no nos ve tanto como somos, sino también como podemos ser. Ve, a la vez y en una magistral síntesis, nuestra realidad actual y nuestra realidad posible. Nos ama genuinamente quien puede vernos, al menos en parte, como nos ve nuestro hacedor: Dios. Aquellos de los que cerca de nosotros, puede advertir algo del misterio de nuestra maravillosa esencia. El siguiente pensamiento de Edith Stein (citado por Gabriel Zanotti en su maravilloso libro “Existencia humana y misterio de Dios”) nos habla de ello:

“Cuando las tropas que marchaban en fila por las calles se dispersaban, cada hombre que estaba antes unido a los demás en el mismo paso y tal vez apenas consciente de su personalidad, vuelve a ser un pequeño mundo que se basta a sí mismo. Y si los curiosos, al borde del camino no distinguían más que una masa indiferenciada, sin embargo, para la madre o para la novia, aquél que ella espera es el ser único al que ningún otro es semejante: en cuanto al misterio de su esencia del cual el amor de la madre o de la novia adivina algo, solo la mirada de Dios que todo lo penetra, lo conoce.”

SocialTwist Tell-a-Friend

Jul 08

Como mencionábamos hace poco, hoy asistimos a una nueva moda dentro de ciertos ambientes pseudo intelectuales, los cuales no se caracterizan, por cierto, por un ejercicio pleno de algún tipo de práctica religiosa. Es decir, este fenómeno solo se presenta en aquellos espacios que se caracterizan por mantenerse ajenos de los canales habituales de influencia del pensamiento religioso y teológico. Estos espacios, pueden dividirse a priori, y al solo efecto pedagógico, en:

1) Espacios ateos (sin Dios), donde claramente las personas han tomado partido por vivir una vida sin Dios.
2) Espacios indiferentes a la cuestión de Dios, donde las personas no se han ocupado de pensar el tema. Son indiferentes o inconscientes al mismo.

Tal vez este último espacio sea donde más ha “prendido” esta moda. Es más difícil, por cierto, que prenda en los espacios claramente ateos o agnósticos. Por otro lado, decimos que esto se presenta en ambientes “pseudo intelectuales” pues los mentores y divulgadores de dicha moda aparentan y simulan ser “intelectuales” de cierta valía, pero la precariedad de su mismo planteo los descalifica como tales, manifestando su “pseudo intelectualidad”, como veremos. Entendemos “intelectualidad”, en forma sencilla, como una cierta adaptación de la inteligencia humana a las cosas de la realidad, mediada, por supuesto, por las condiciones particulares e históricas de la vida de cada persona, lo cual lo conduce a una hermenéutica particular, pero no por eso menos realista.

Dicha moda implica el hecho de referirse constante e insistentemente a la “espiritualidad” en forma genérica, sin mayores y ulteriores definiciones. Esta espiritualidad aparece a través de diversas manifestaciones verbales comunes como que es “la causa de todo”, como que “todo viene desde allí”, como que es “el orden implícito del Universo”, como que es la “fuerza que nos ayuda a lograr nuestras metas materialistas”, como que es “la fuerza de bien que subyace al Universo visible”, como que es “allí hacia donde todos nos dirigimos” o que es “nuestra casa u hogar final”.

Podemos encontrar dicha tendencia en diversos ámbitos. Entre los más destacados encontramos a ciertas líneas de psicoterapia (ambiente pseudo intelectual por excelencia si los hay), especialmente en las escuelas que han podido alejarse del sesgo freudiano y otras similares que son más claramente ateas; en ciertas escuelas y universidades, especialmente en aquellas que operan fuera de la influencia religiosa; en ciertos entornos familiares afectos a las modas, dominados por las tendencias que imponen los medios masivos de comunicación; en los mismos medios de comunicación donde, como dijimos, los periodistas deben especializarse en “tratar en profundidad” temas que desconocen; etc., etc.

Así, llegamos al planteo inicial de la cuestión: La aparición de una moda, insustentable intelectualmente según las características del mismo planteo realizado por dicha moda, que se relaciona con la espiritualidad y que pretende colocar a la misma como una “fuerza vaga e indefinida” que subyace a la materia y que nos ayuda (o se nos opone) en la consecución de nuestros logros materiales. El planteo tiene una curiosidad específica, de la que el mismo planteo es completamente inconsciente debido a su precariedad conceptual: no se nombra a Dios, ni se hace referencia al mismo. No hay un Ser Absoluto que fundamente la espiritualidad. Se plantea una espiritualidad sin Dios. Esto es muy curioso.

Este modo de plantear la espiritualidad sin referirse a Dios, la Causa de la espiritualidad, es como hablar de viento sin nunca referirnos al aire; es como hablar de la luz del día sin referirnos al sol.
¿Cuáles son las ventajas de hablar de espiritualidad sin referirnos a un Dios, el Innombrable de la espiritualidad a la carta de hoy en día?

Las ventajas son notables, especialmente para las personalidades ególatras que anhelan manifestar su hiper narcicismo materialista en cada segundo de sus vidas. Si no hay Dios, no hay “ley eterna” a la cual tenga que atenerme. La espiritualidad planteada de este modo aparece como una “herramienta” al servicio de los intereses ególatras de las personas: me va a ayudar a tener trabajo o a ganar más en el mismo, a cambiar el auto, a que me sienta bien, a que tenga salud, a que me vaya bien en el amor o en los exámenes de la escuela, etc. La espiritualidad planteada de este modo es un recurso utilizado por los espíritus hiper narcicistas para lograr sus cosas, para que se puedan cumplir sus expectativas de cosas a tener.

La mejor manera de tener una espiritualidad que esté a mi exclusivo servicio es que no haya un Dios; y si lo hubiera, nos hacemos los distraídos y hacemos como si no existiera. Es un modo de pensar manipulador, por eso su pseudo intelectualidad, donde lo que se busca es satisfacer los propios deseos y necesidades. Para que el yo ególatra pueda emerger, Dios debe morir, pues el yo ególatra es dios; y allí no hay cabida más que para uno. El ególatra es él mismo un dios (con minúscula, pobrecito) y plantea la existencia de una espiritualidad “a su servicio”. Sin Dios.

Dios, ese Ser Supremo personal, no puede aparecer en la ecuación del ególatra, como tampoco puede aparecer el rostro del niño humilde que pide y sufre en la calle, dado que si esos rostros “aparecen”, ya no podremos seguir siendo indiferentes a los mismos. Solamente cuando el niño que pide es “nadie”, cuando el que sufre es “alguien sin nombre”, cuando los miles que mueren por el tsunami en Asia son “desconocidos”, podemos seguir indiferentes con nuestra propia vida y cambiar de canal, como si nada pasara. Pero el hecho mismo de evitar mirar esos rostros no hace que desaparezcan. Tampoco el rostro de Dios, por supuesto.

Porque si hay un Dios detrás de la espiritualidad, el narcisista ególatra tendrá que matar a su dios con minúscula para salirse con la suya: a sí mismo. Pues la existencia de un Dios hace irrelevante lo quo yo quiera, comenzando a ser relevante lo que Dios quiere para nosotros: nuestro camino de santidad. Pero el ególatra no quiere cumplir el plan de otro, aunque sea lo mejor para él, sino el suyo propio. Aquí otra demostración de pseudo intelectualidad. Inmerso en su precariedad conceptual, usa “las fuerzas de Dios”, la espiritualidad, para sus finalidades “menores” y rehúsa de conocer el plan de Dios para él. El cree que tiene un plan mejor para sí mismo que el plan que tiene Dios que lo creó.

Si Dios aparece como un ser personal ante el cual entramos en contacto, todo lo que El quiere para nosotros y para nuestra vida comenzará a ser relevante. Tal vez no sea “cambiar el auto”, u “obtener trabajo”, o “tener salud”, o “ganar dinero”, o “comprarme el último modelo de teléfono celular”. Tal vez sea cargar nuestra cruz y seguirlo, como enseñó en nazareno. Pero, ¿quién quiere cargar una cruz? ¡Vamos! Mejor eliminemos a Dios de la ecuación, quedémonos, eso sí, con su “fuerza espiritual” puesta a nuestro servicio y listo. Ecuación completa. Así podremos dormir tranquilos.

El problema de este planteo, pseudo intelectual, es que un dios hecho a la medida del hombre no es un verdadero Dios. En esto radica la principal limitación de este planteo. La vida del hombre adquiere verdadera dimensión cuando es mirado por Dios, y en esa mirada se manifiesta el amor mismo de Dios ante nuestra existencia querida por El para que recorramos el camino que El nos propone. Generalmente no es el camino que nosotros quisiéramos, pero hemos de confiar que nuestra limitada inteligencia no puede vislumbrar con claridad lo que es mejor para nosotros mismos.

Así que, para hablar de espiritualidad, hay que necesariamente hablar de Dios. Ahí vamos.

por Hugo Landolfi

SocialTwist Tell-a-Friend

Jul 03

Temo decirles, mis queridos lectores, que hoy que la espiritualidad está de moda (¿puede ponerse de moda algo así? ¡Nuestra cultura occidental da para todo!). Por esto es habitual encontrarnos con que en distintos medios y a través de distintas personas se habla de espiritualidad. Muchos de ellos no saben qué es, pero hablan de ella. Está presente en cada rincón de nuestra vida, lo sepamos o no (al menos así nos quieren hacer creer sus “nuevos” mentores).

Entre las diversas especies de habladores pro espirituales, están los comunicadores sociales (periodistas, locutores de radio, etc.), especie notablemente rara si la hay, con un oficio no menos curioso: hablar largo y tenido, y “en profundidad”, de lo que apenas sospechan, y poco menos que saben. Esta especie, anhelando subirse a la caudalosa corriente comercial que conlleva toda moda, se lanzan a escribir libros de espiritualidad que nos provean de un “combustible” y de otras semejanzas alarmadoramente ficcionales.

Además, en las conversaciones diarias de café o en el gimnasio, entre amigos y conocidos, no puede faltar hoy en día la palabra “espiritualidad”. Se la debe pronunciar indefectiblemente, dicta el imperativo de la moda que nos ocupa, cada unos pocos párrafos, y se la debe colocar como la causa de todo lo que sucede. La espiritualidad es “lo más”.

En las escuelas y universidades asombra la ligereza con que algunos profesores mencionan la palabra. Claro, en dichos espacios es imperdonable no estar a la moda.

Así, se nos conduce a la precaria idea de que hoy todo es “espiritual”. Este mundo material se reduce a lo “espiritual”. “Todo tiene que ver con todo”. Todo lo que nos pasa tiene una causa “espiritual”. Todo es una ilusión salvo lo “espiritual”. Y vamos hacia la “espiritualidad”, el “espíritu”, nuestra verdadera “casa”. Aja.

Al modo de un budismo zen mal entendido, combinado con una ligereza conceptual típica de nuestros tiempos, hoy la espiritualidad es como un “diluyente universal” el cual, al modo de los diluyentes para pinturas, son capaces de diluir toda realidad y hacerla una “nada” o un “todo”. Un curioso caso de panteísmo “a la carta”.

Esta “Pseudo Espiritualidad”, he ahí su verdadero nombre, no es una verdadera espiritualidad, pues no habla de Dios, la verdadera fuente de espiritualidad. Y no habla de Dios pues hoy no está de moda hablar de Dios. Hoy, al que habla de Dios y lo nombra claramente, se lo mira sospechosamente, desconfiadamente. En círculos académicos es poco más que un grave pecado, una declaración de incapacidad intelectual. Entre amigos hace que el que lo nombra corra el riesgo de ser eyectado del grupo. En los medios periodísticos… bueno, están esperando que se ponga de moda.

Ese muchachito humilde, el nazareno, dijo: “A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”. Aja.

La verdad es que se oculta a Dios pues su aparición en escena trae consigo una moralidad que no es la nuestra, sino que es la de El. Un camino de vida que no es nuestro. Pero nosotros queremos seguir con nuestra vida según nuestro propio plan, no el de Algún Otro. Por ende, construimos una espiritualidad a nuestra medida, a la carta, que nos brinde ciertos beneficios de trascendencia pero que no nos pida nada a cambio. ¡No sea cosa que tengamos que vivir una vida de santidad!

Inmersos en nuestro hiper narcicismo materialista, construimos una espiritualidad infantil e inmadura, a nuestra pobre medida, para satisfacer nuestras pobres necesidades materialistas y terrenales. Esta “pseudo espiritualidad” está construida para que el hombre pueda lograr bienes materiales en abundancia, pero no para ser cada vez más virtuoso, bueno, santo. ¡A quién le importa el plan de Dios para el Universo! ¡Lo que importa es nuestro propio plan de cosas a tener!

Bien por el hombre que hace esto.

Por Hugo Landolfi

SocialTwist Tell-a-Friend

Jun 15

Tomás de Aquino explica con maestría esta cuestión. El texto que sigue corresponde a la Suma Teológica, primera parte de la segunda parte, cuestión 2, artículo 1:

Es imposible que la bienaventuranza del hombre consista en las riquezas. Hay dos clases de riquezas, como señala el Filósofo en I Polit., las naturales y las artificiales. Las riquezas naturales sirven para subsanar las debilidades de la naturaleza; así el alimento, la bebida, el vestido, los vehículos, el alojamiento, etc. Por su parte, las riquezas artificiales, como el dinero, por sí mismas, no satisfacen a la naturaleza, sino que las inventó el hombre para facilitar el intercambio, para que sean de algún modo la medida de las cosas vendibles. Es claro que la bienaventuranza del hombre no puede estar en las riquezas naturales, pues se las busca en orden a otra cosa; para sustentar la naturaleza del hombre y, por eso, no pueden ser el fin último del hombre, sino que se ordenan a él como a su fin. Por eso, en el orden de la naturaleza, todas las cosas están subordinadas al hombre y han sido hechas para el hombre, como dice el salmo 8,8: Todo lo sometiste bajo sus pies. Las riquezas artificiales, a su vez, sólo se buscan en función de las naturales. No se apetecerían si con ellas no se compraran cosas necesarias para disfrutar de la vida. Por eso tienen mucha menos razón de último fin. Es imposible, por tanto, que la bienaventuranza, que es el fin último del hombre esté en las riquezas.

SocialTwist Tell-a-Friend

Abr 05

El ser humano, en forma natural, tiene a buscar un principio de todas las cosas, algo originario que se constituya como explicación última y suficiente de todo lo que existe y de todo lo que sucede. Esta actitud se encuentra inscripta en su corazón y es completamente natural en él. Aunque quiera, nunca podrá dejar de realizarla. Por eso es que todos los seres humanos tenemos un dios, con minúscula. Pero eso no significa que todos tengamos un Dios, con mayúscula.

Ejemplos de dioses, con minúscula, son el propio yo, la propia razón —aún cuando sea agnóstica o atea—, el propio ego, la materialidad, la naturaleza, la evolución, etc. La característica del dios con minúscula, del dios menor, es que es intramundano y, por ende, finito y limitado. Es un dios deficiente, poco capaz, que no satisface en explicar finalmente los principios últimos y absolutos de toda la realidad.

Dios con mayúscula, sin embargo, hay uno solo: un Ser Absoluto trascendente al mundo y metafísicamente diferente a todo lo finito y contingente que hay en el mundo.

Quienes dicen, por ejemplo, que el Dios con mayúscula no existe, los ateos o los agnósticos por citar los ejemplos más extendidos, tienen un dios con minúscula: la razón humana; su propio razonamiento. Ellos han puesto en manos de la razón humana el principio explicativo de la realidad, aún cuando esa explicación indique que no hay un fundamento trascendente. Este dios deficiente, la razón humana, se ha mostrado claramente incapaz de escudriñar las realidades inteligibles más elevadas.

Los narcisistas y ególatras, que son legión como vimos hace poco, se tienen a sí mismos como dioses. ¿Quién necesita de un Dios si es uno mismo un dios? He ahí el infierno que vive esta raza, ya que se consideran la medida de todas las cosas. Por supuesto, su precariedad conceptual es alarmante, usualmente inconsciente. Y su deficiencia como dioses auto propuestos es claramente manifiesta.

Los principios explicativos científicos —de la ciencia positiva— también funcionan a la manera de dioses menores, deficientes. El Big Bang y la teoría de la evolución buscan dar a principios meramente materiales el poder causativo de toda la realidad. Por supuesto, los adherentes al Big Bang nunca pudieron ni podrán explicar como el “pequeño punto caliente y denso” desde el cual se originó la explosión originaria pasó de la nada al algo, del no ser al ser. De este modo, volvemos a validar la idea de que los dioses con minúscula son “deficientes”.

Así las cosas, y dado que no podemos sino tener un dios o un Dios: ¿A cuál de ellos elegir? ¿Qué negocio es elegir a un principio explicativo deficiente, limitado y contingente? Curiosamente, una gran mayoría de las personas lo elige.

Solamente un Dios trascendente y perfecto califica adecuadamente para funcionar como un Dios en serio para el ser humano, el Dios que su corazón busca y el cual no descansará —como quería San Agustín— hasta que lo veamos cara a cara.

SocialTwist Tell-a-Friend

Feb 05

Aristóteles decía que la felicidad del hombre consiste en la unión de su potencia de conocimiento más perfecta con su objeto propio. De este modo, para el estagirita, la felicidad se hace presente en el hombre cuando su potencia de conocimiento más perfecta, su inteligencia, se une con su objeto propio, la verdad. El contemplar la verdad de este mundo es, entonces, la actividad suprema del ser humano que lo conduce a la máxima felicidad, es la medida en que eso es posible en este mundo. La felicidad para Aristóteles es intramundana e inmanente al mundo por el sencillo hecho de que las verdades a conocer y a contemplar se encuentran dentro del mundo. Para Aristóteles este mundo se basta a sí mismo, siendo el único mundo en el que podremos vivir.

El teólogo y filósofo medioeval Santo Tomás de Aquino, glosando y completando al estagirita, agregó que solo la contemplación de Dios, suprema verdad trascendente, puede hacer plenamente feliz al hombre. Se pueden contemplar las verdades de este mundo, lo cual nos dará una cierta medida de felicidad. Pero solamente la contemplación de la Verdad suprema, Dios, nos hará plena y perfectamente felices. Dicha contemplación es ultra mundana, como también lo es la felicidad lograda. La contemplación plena de Dios no se da ya en la vida terrenal sino en la vida posterior a la muerte, a la cual esta vida terrenal debe ordenarse y supeditarse. Para el aquinate este mundo no se basta a sí mismo y, aunque tiene un pleno sentido y valor en sí mismo, lo que sucede en él se ordena al otro mundo, al que accederemos luego de la muerte del cuerpo.

Pero además de las potencias de conocimiento intelectuales, el ser humano tiene potencias de conocimiento sensibles que provienen exclusivamente de su cuerpo, al igual que los animales. Los cinco sentidos del cuerpo son las principales fuentes de conocimiento sensible. Estas potencias de conocimiento son las menos perfectas y menos jerárquicas del ser humano.

Si la felicidad consiste en la unión de la potencia más perfecta con su objeto propio, ¿qué puede suceder cuando se unen las potencias menos perfectas –las sensibles– con sus objetos propios? Aparece una delectación y un placer limitados, pobres, cuyos efectos son poco duraderos y escasamente satisfactorios para un ser de aspiraciones como es el ser humano. La desesperación y el tedio no tardan en aparecer dado que los placeres sensibles no terminan de satisfacer a un ser humano hambriento de “algo más”.

Por supuesto, los placeres sensibles del cuerpo son de acceso inmediato, más fáciles de obtener. Es lo que propone nuestra cultura: placeres a la mano, disponibles al instante. De poca cuantía por supuesto, pero disponibles inmediatamente. Alcanzar la felicidad que nos brindan la actividad intelectual es más arduo y no tan inmediato. Se requiere un esfuerzo constante durante algún tiempo para alcanzarlos. Por ejemplo, fumar un cigarrillo o tomar un trago de una bebida alcohólica causan un placer inmediato, comparados con la ardua tarea que conlleva a estudiar algún conocimiento filosófico humano.

Así las cosas, nuestro mundo contemporáneo se ha especializado en poner casi todas sus esperanzas para el logro de la felicidad en los bienes sensibles, corporales y materiales. El resultado es más que obvio: desesperación e infelicidad a mansalva; reincidencia constante en búsqueda infructuosa de la felicidad en los placeres sensibles que lleva al abuso de drogas legales e ilegales; una auto reducción de la vida humana a la animalidad; un hedonismo materialista exacerbado; etcétera. El hombre de hoy es un profesional del nihilismo pues es lo que la cultura imperante le propone. Y él se deja tiernamente conducir.

San Agustín, el obispo de Ipona, decía: “Nos hiciste para ti y nuestro corazón se encontrará inquieto hasta que descanse en ti”. ¿Podrán los líderes del mundo nihilista y materialista en que vivimos, sean ellos políticos, profesores, maestros de escuela y madres y padres, dar un golpe de timón para que sus liderados puedan comenzar a brevar de la fuente de la verdadera felicidad? Nuestra esperanza está puesta en ello.

¿Pero cómo habrán de hacer para ayudar a otros si ellos mismos, los mencionados líderes, tienen encarnados en sí mismos y en sus vidas estos modos materialistas de obrar y de ser? ¿No son, acaso, como ciegos que conducen a otros ciegos? Pobrecito este mundo; es conducido por ciegos, que conducen a otros ciegos directamente hacia el fondo del pozo. ¿Será por eso que Cristo dijo: “mi reino no es de este mundo”?

SocialTwist Tell-a-Friend

Ene 18

He tenido la oportunidad de ir al cine a ver con mis hijas la película “Bolt” recién estrenada, la cual es obra de los estudios Disney. Hace tiempo que vengo con ganas de escribir sobre trasfondo ético-filosófico de las películas de Disney, así que voy a aprovechar la oportunidad para hacelo ahora. Casi todas las películas de Disney poseen una serie de elementos fijos e inalterables que guían la trama de la historia. Estos son:
1) Un planteo maniqueo entre el bien y el mal donde aparecen dos bandos bien diferenciados: los buenos y los malos.
2) El grupo de los “buenos” se relaciona entre sí a traves de un sentimentalismo superficial de carácter materialista y, en el fondo, nihilista.
3) Una idea de progreso personal (principalmente de los personajes buenos), que posee raíces positivistas e iluministas.
4) Una moral relativista fundamentada en el sentimentalismo materialista mencionado.

Bolt Disney

Sobre el punto 1: El planteo maniqueo posee ya varios siglos de historia. El mismo se fundamenta en la oposición de dos grandes fuerzas o polos en el Universo: el bien y el mal. Con respecto al bien, no hay problemas. El error del maniqueísmo es otorgarle una entidad propia al mal, como si fuera que el mal existe de por sí y absolutamente. Se pretende mostrar al mal como una fuerza que se opone al bien, pero de signo contrario, con la cual el Universo adquiere una especie de “equilibrio”. No entraremos aquí a elucubrar sobre el tema del mal, que es notablemente complejo de por sí, pero filosóficamente se entiende al mal como la privación de un bien, es decir, como un bien parcial y limitado. No es algo que exista de por sí, sino más bien una carencia parcial de un bien.

Sobre el punto 2: Los personajes “buenos” de las historias de Disney se relacionan entre sí especialmente a través de una emocionalidad sentimentalista de bajo vuelo. Es una emocionalidad que no se trasciende a sí misma y que se queda allí, sin alcanzar nuncá jamás ningún tipo de espiritualidad. Por eso decimos que es de carácter materialista, y en el fondo, como todo lo materialista, nihilista. Todo lo que sucede entre los personajes es de carácter emocional, ya que hay abrazos, lágrimas y otros sentimentalismos que no se resuelven en una dimensión superior. Cabe aclarar que la emocionalidad en sí misma no tiene nada de malo, al contrario. Se torna nociva cuando eso es lo único que hay pues nos arroja al nihilismo.

Sobre el punto 3: Los personajes tienen siempre un carácter progresista frente a las dificultades que la trama les presenta, lo cual me hace acordar a la idea del progreso constante, de carácter también materialista, que propone el positivismo y el iluminismo.

Sobre el punto 4: Dado que todo el planteo de fondo es materialista, la moral de fondo no puede ser más que relativista, dado que no hay valores ni ética absoluta. El bien y el mal se resuelven dentro del individualismo y subjetivismo de cada persona, dando lugar a la idea de que “es bueno o está bien lo que a nosotros (los buenos) nos parece”. Esta es la base de la aberrante moral relativista.

Bueno, es todo por ahora. ¡Pensar que creíamos que estas películas eran buenas y formativas para los niños! Espero comentarios, preguntas y pedido de aclaraciones.

SocialTwist Tell-a-Friend

Ene 06

Un probervio chino dice que “Si no cambiamos la dirección de nuestros pasos, terminaremos llegando allí adonde nos dirigimos”. ¡Cuánto sentido común! Una sencilla definición de locura podría decir que es loco creer que llegaremos a determinado destino cuando nuestro pasos no se realizan en el camino que lleva a dicho destino. Así, no podremos llegar a ser guitarristas si estamos estudiando piano (o si no estudiamos nada), y tampoco llegaremos a ser Arquitectos si estudiamos veterinaria (o si no estudiamos nada). ¿Puede el hombre contemporáneo “llegar a ser” si recorre solamente el camino del parecer? ¿Puede el médico llegar a ser médico si solo simula ser un médico? ¿Puede acaso alguien llegar a algún lado sino no recorre exactamente el camino que conlleva hacia el destino querido? ¿No es ese el drama de nuestro mundo y del ser humano contemporáneo? Veamos.

¿Qué es “llegar a ser” para el ser humano? Si el ser humano es un ser tal que se auto construye en su humanidad, es decir, en su ser auténticamente humano, el “llegar a ser” del ser humano es, justamente, llegar a ser humano, a desarrollar en forma plena y lo más perfectamente posible en este mundo su humanidad )o su esencia) plasmada en actos y en obras. Mi libro “Construye tu obra y rómpete” habla de ello. El ser humano viene al mundo en un estado de escaso desarrollo y perfeccionamiento. Una de las tareas del ser humano en esta vida es desarrollar y perfeccionar todas sus dimensiones, incluyendo la esfera física, la esfera psíquica y emocional, la esfera mental e intelectual, y por último la esfera espiritual.

La diferencia del ser humano con respecto a otros seres de este mundo (como los animales) es que en el ser humano su desarrolo y perfeccionamiento dependen de su inteligencia y voluntad, de tal manera que es algo que él tiene que contruir diarimente. El animal no tiene que hacer nada de por sí, salvo lo que su instinto le manda. El ser humano debe poner todo de sí para perfeccionarse y así llegar a ser cada vez más humano, cada vez más perfecto, manifestando cada vez más las potencialidades que guarda su esencia.

¿Pero qué hace el hombre medio de hoy? Recorriendo un camino que no conduce allí adonde quiere dirigirse, busca llegar a ser desde el parecer. En el fondo, parecería que no quiere ser sino simplemente parecer. Todos sus esfuerzos están permanentemente puestos en simular ser algo que no es; en eso se juega la vida. Quiere ser bueno y virtuoso, pero al no estar dispuesto a realizar el esfuezo voluntario de recorrer el camino que lo conduce allí, se contenta tan solo con parecerlo. Vislumbra el largo y trabajoso camino que le llevará a constituirse como un hombre de raza, y por temor al esfuerzo, renuncia a ese camino y escoje un atajo: el atajo de la mediocridad. Son mediocres de raza. Vagos profesionales.

Quiere saber, pero por no estar dispuesto a realizar el esfuerzo genuino por aprender, simula su saber transformándose en un experto opinador de cuanto tema surja en una conversación. Sí, el mediocre de raza puede opinar con un aire de certeza sobre casi cualquier cosa, trivial o profunda. Habla con majestuosidad tanto de fútbol como de la existencia de Dios; tanto de botánica como de física nuclear; tanto de Aristóteles como de buenos vinos. Ah, ¡qué no daría por conversar con uno de ellos!

¿Creerá, acaso, esta raza de hombres escasamente humanos, que el arte de la simulación le deparará finalmente los bienes anhelados? ¿Creerá que simular saber le otorgará finalmente el conocimiento? ¿Tendrá la íntima convicción de que aparentando ser bueno podrá llegar a serlo genuinamente alguna vez? ¿Creerá, por fin, contradiciendo a la milenaria sabiduría china, que una persona puede llegar al objetivo propuesto sin importar el camino que tome para alcanzarlo?

Finalmente: ¿No está loco el hombre de hoy?

Por Hugo Landolfi

SocialTwist Tell-a-Friend