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Hugo Landolfi

El liderazgo y la lucha contra las adicciones

Desde el año pasado venimos proyectando un programa de formación de líderes para personas que se encuentran en posiciones de liderazgo social como profesores, maestros, psicólogos sociales, terapeutas, etc. El motivo de tal proyecto fue que la Sedronar (Secretaría de Programación para la Prevención de La Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico), a través del Secretario de Estado Dr. José Granero y del Subsecretario de lucha contra las adicciones de Gobierno de la Provincia de La Pampa, Lic. Roberto Moro, se puso en contacto con nosotros para proyectar, de la mano del Dr. Jorge Rocco, asesor de dicha institución, un programa de prevención de las adicciones que pudiera abordar las cuestiones relacionadas con los valores humanos y el liderazgo sin resolver en las comunidades, antes de que la adicción sea ya un hecho consumado. Se llama a esto “prevención inespecífica”, a diferencia de la “prevención específica” que ya trata con los adictos que consumen. Este programa busca evitar que las personas lleguen a consumir. Es genuina prevención.

Landolfi Granero Rocco Sedronar

Han contado con nosotros para el desarrollo temático y para el dictado del programa que va a tener una duración de dos años. Este es un verdadero programa piloto que se lleva a cabo con el apoyo del Gobierno de la provincia de La Pampa, y es único y novedoso, no solamente en Argentina, sino casi en todo el mundo. Realizar prevenciones sobre las condiciones previas que llevan a las adicciones, y no en las adicciones en sí mismas, no es algo que a los gobiernos les preocupe; pero en este caso, dada la profunda visión de quienes idearon este proyecto, hemos podido avanzar en este camino. Así las cosas, el pasado viernes dimos comienzo a dicho programa con una concurrencia de más de 120 personas en la Ciudad de Santa Rosa, Capital de la Provincia de La Pampa.

Videos del seminario de Filosofía de la Psicología Transpersonal Parte 1

El seminario que di hace poco sobre Filosofía de la Psicología Transpersonal lo hemos grabado en video. También en DVD, para quien le interese. El video se compone de varias partes que hemos de ir subiendo de a poco. Hoy les traigo las tres primera partes que suman unos 30 minutos en total. La primera persona que habla en el primer video es el Dr. Jorge Rocco, director de Alternativa Sistémica, institución donde se llevó a cabo el seminario.



El libro La esencia del liderazgo ya tiene tapa

Mi próximo libro, “La esencia del liderazgo”, ya tiene sus tapas diseñadas. Sin embargo, quería pedir la opinión de ustedes para ver cuál de las dos tapas diseñadas es de vuestro agrado. El libro estará en las librería dentro de dos meses aproximadamente.
Esta es la tapa 1:

El libro La esencia del liderazgo de Hugo Landolfi

La siguiente es la opción 2 de la tapa:
esencia

Si son tan amables, para el que guste opinar, puede comentar abajo cual es la tapa de su preferencia.

Todos tenemos un dios pero no todos tenemos un Dios

El ser humano, en forma natural, tiene a buscar un principio de todas las cosas, algo originario que se constituya como explicación última y suficiente de todo lo que existe y de todo lo que sucede. Esta actitud se encuentra inscripta en su corazón y es completamente natural en él. Aunque quiera, nunca podrá dejar de realizarla. Por eso es que todos los seres humanos tenemos un dios, con minúscula. Pero eso no significa que todos tengamos un Dios, con mayúscula.

Ejemplos de dioses, con minúscula, son el propio yo, la propia razón —aún cuando sea agnóstica o atea—, el propio ego, la materialidad, la naturaleza, la evolución, etc. La característica del dios con minúscula, del dios menor, es que es intramundano y, por ende, finito y limitado. Es un dios deficiente, poco capaz, que no satisface en explicar finalmente los principios últimos y absolutos de toda la realidad.

Dios con mayúscula, sin embargo, hay uno solo: un Ser Absoluto trascendente al mundo y metafísicamente diferente a todo lo finito y contingente que hay en el mundo.

Quienes dicen, por ejemplo, que el Dios con mayúscula no existe, los ateos o los agnósticos por citar los ejemplos más extendidos, tienen un dios con minúscula: la razón humana; su propio razonamiento. Ellos han puesto en manos de la razón humana el principio explicativo de la realidad, aún cuando esa explicación indique que no hay un fundamento trascendente. Este dios deficiente, la razón humana, se ha mostrado claramente incapaz de escudriñar las realidades inteligibles más elevadas.

Los narcisistas y ególatras, que son legión como vimos hace poco, se tienen a sí mismos como dioses. ¿Quién necesita de un Dios si es uno mismo un dios? He ahí el infierno que vive esta raza, ya que se consideran la medida de todas las cosas. Por supuesto, su precariedad conceptual es alarmante, usualmente inconsciente. Y su deficiencia como dioses auto propuestos es claramente manifiesta.

Los principios explicativos científicos —de la ciencia positiva— también funcionan a la manera de dioses menores, deficientes. El Big Bang y la teoría de la evolución buscan dar a principios meramente materiales el poder causativo de toda la realidad. Por supuesto, los adherentes al Big Bang nunca pudieron ni podrán explicar como el “pequeño punto caliente y denso” desde el cual se originó la explosión originaria pasó de la nada al algo, del no ser al ser. De este modo, volvemos a validar la idea de que los dioses con minúscula son “deficientes”.

Así las cosas, y dado que no podemos sino tener un dios o un Dios: ¿A cuál de ellos elegir? ¿Qué negocio es elegir a un principio explicativo deficiente, limitado y contingente? Curiosamente, una gran mayoría de las personas lo elige.

Solamente un Dios trascendente y perfecto califica adecuadamente para funcionar como un Dios en serio para el ser humano, el Dios que su corazón busca y el cual no descansará —como quería San Agustín— hasta que lo veamos cara a cara.

Hacia un mundo sin abuelos

“El hombre es la medida de todas las cosas.”
Protágoras

Ciertas campañas publicitarias actualmente en vigencia en diversos medios masivos de comunicación han puesto de manifiesto lo que es un secreto a voces. La tendencia sostenida de las personas integrantes de nuestras sociedades hacia un post narcisismo nihilista, luego de ejercitar durante varias décadas un dedicado narcisismo, va a dejar a los niños que están naciendo sin la posibilidad de conocer a sus abuelos.
Más allá de la terminología psicológica actualmente en vigencia, recordemos que se llama culturalmente narcisismo a una tendencia de la persona a darse demasiada importancia a sí misma, quitando, al hacerlo, importancia al resto de las personas. Así, la balanza entre el sí mismo y el prójimo se encuentra, en el narcisista, totalmente inclinada hacia el sí mismo. Por supuesto, no hablamos aquí ni nos referimos a la patología narcisista propuesta por Freud, de las cual los psicólogos y psiquiatras han de conocer en detalle, sino de una característica social generalmente no patológica —aunque puede llegar a serlo— de las personas. Cuando el narcisista ejerce dicha característica, al modo de una especie de sofisticada egolatría personal, se pone a sí mismo por sobre todas las cosas, restándole relevancia al prójimo y al mundo en que vive. El cree ser como un dios, un dios menor. Todo lo que sucede debe suceder en función de sus necesidades y anhelos; el narcisista se cree el centro del Universo. Por supuesto, pobrecito, en su afán ególatra el narcisista no se da cuenta de que su universo es una esfera que tiene medio metro de radio.


La tendencia actual de las personas a pensar primordialmente en sí mismas, en buscar un bienestar fundamentado en los bienes materiales y en el placer sensible corporal, en evitar olvidarse un poco de sí mismas para ocuparse de otras personsa —lo cual incluye entre otras actividades a la paternidad— está haciendo que el hecho de ser padres se postergue cada vez más, ejercitándose dicha acción sobre el límite de la edad corporal biológica recomendada para ello; usualmente sobre los 40 años e incluso más allá. Padres cuarentones con niños recién nacidos, he ahí una realidad hacia donde la sociedad se conduce. Ciertas medios publicitarios, decíamos, manifiestan este hecho poniendo —en su afán amoral— como modelo paradigmático del ser padre o madre a personas de más de 40 años que tienen hijos recién nacidos. Estos niños, ¡qué triste!, si la tendencia se acentúa, crecerán sin abuelos.

Probémoslo. Si el padre de un niño recién nacido ronda los cuarenta años o los sobrepasa, y el niño adquiere, a su vez, una personalidad narcisista por influjo de sus padres o de las “enseñanzas” de la sociedad, es probable que él también tenga hijos cerca del límite de la edad biológica recomendada para ello. Digamos, entonces, que un hijo de un padre narcisista será probablemente también narcisista y, siguiendo un simple modelo, al nacer su nieto, producto de un hijo que también tuvo su hijo cerca de los cuarenta años, tendrá ochenta años. Cerca de la expectativa de vida actual. Ese niño no tendrá abuelos, y si los tiene, ya al límite de su vida, no podrán “ejercer” de abuelos. La decadencia actual del ser humano se conduce a dejar a los niños sin uno de los elementos más valiosos de su crianza: el tiempo con sus abuelos. Estos, padres experimentados, son un componente vital en la vida de todo niño por la especial relación que se construye entre ellos, relación próspera en la enseñanza de valores, verdades y experiencia de vida.

Pero eso no es todo. El narcisista ve en el hecho de tener a un hijo un “trabajo“ o un “sacrificio“ que le quita tiempo a su auto celebración ególatra, a su búsqueda frenética de bienestar materialista y hedonista. Tener un hijo, para ellos, es tener que “sacrificar” su hedonismo materialista en aras de una tarea menor: criar y educar a otro ser humano. Pero cuando el niño nace, como la magia no existe, el narcisista no deja de ser tal, sino que lo sigue siendo en forma agravada, desarrollándose lo que yo llamo post narcisismo nihilista. Dado que el niño es un “enemigo” que atenta contra la egolatría personal de los padres, y presupuesto el hecho de que un padre no puede permitirse pensar en forma consciente que su propio hijo es un enemigo que atenta contra su estrategia narcisista o contra sus intereses egoístas, construye un nuevo modelo de narcisismo agravado, moderado en las apariencias exteriores pero profundizado en sus disfuncionalidades. Estos padres, así, transcienden el narcisismo clásico llegando a un post narcisismo donde el narcisismo inicial es disimulado, agravándose sin embargo el cuadro de fondo.


Esta perversa simulación no logra que los actos genuinos de criar y educar a los hijos aparezcan en el menú de este tipo de padres. Por ello, el padre post narcisista, nacido del narcisismo clásico, simula cuidar y criar al hijo, pero en el fondo no lo hace. Lo abandona simulando cuidarlo. Se perfecciona como un actor, como un artista de la simulación del ser padre, pero el hijo realmente no tiene ningún padre. La masiva entrada de los pre adolescentes a las drogas no tiene otra causa que esta: el abandono de los padres de sus responsabilidades como padres. Este post narcisismo se hace, por ende, nihilista.

Recordemos que la palabra nihil proviene del latín y significa “nada”. El nihilismo es una postura, explícita o implícita, consciente o inconsciente, en la que nada tiene sentido, en la que no hay valores, no hay moral ni verdad. El padre que “actúa” de padre, que simula serlo, en el fondo es profundamente nihilista pues no encuentra sentido a su vida ni a su ser padre, dado que para él, el nuevo niño lo único que hace es atentar contra su sofisticada estrategia ególatra. Pero debe simular ser padre, es decir, simular algo en lo que no cree, y solamente puede hacerlo sin nada tiene sentido, si todo es vano, salvo él, inmerso en su post narcicismo nihilista. Solamente puede simular aquél en quien la verdad y el bien no se ha encarnado: el nihilista.

Los niños de estos matrimonios aprenden rápidamente la jerarquía de “valores” de sus padres, buscando constantemente el pseudo bienestar que proponen los bienes materiales, ejercitando un individualismo extremo y una desconexión alarmantemente nihilista con respecto a las cosas importantes de la vida y del mundo.
¿Y dónde estarán los abuelos, acaso los únicos que podrían salvarlos del abismo? No los tendrán, y si los tienen serán octogenarios.

Por Hugo Landolfi

Buscando una grieta creativa entre el trabajo y el descanso

Mayormente, las personas de hoy en día alternan sus actividades entre dos ámbitos bien diferenciados. El trabajo, por un lado, y el descanso y el ocio, por el otro. En general, no puede decirse que las personas sean felices en sus trabajos, dado que difícilmente les agradan las actividades que realizan en los mismos. Por supuesto, hay honrosas excepciones, pero temo no equivocarme al pensar que la mayoría de las personas no es feliz en su trabajo, dado que allí hacen cosas que no les gustan.

Dado que el trabajo no solamente es desagradable sino también cansador –y más cansador cuanto más desagradable es–, la máxima aspiración cuando se está dentro del trabajo es estar fuera de él para descansar, anhelando entregarse al ocio y al bienestar de “pasarla bien”, suprema aspiración nihilista de nuestra cultura. La intrascendente rutina repetitiva recientemente manifestada que va desde el trabajo cotidiano desagradable al descanso ocioso extra laboral, no tarda en echar profundas raíces en la vida de las personas, de manera tal que, cuando la mencionada rutina se ha implantado, la vida de la persona puede reducirse simplemente a eso: del trabajo a casa –a descansar– y de casa al trabajo.

No hace falta aclarar la necesidad del trabajo y del descanso para la vida de las personas. No hacemos una crítica de ello aquí. Tanto el trabajo como el descanso y el ocio son actividades esenciales en la vida de las personas y deben tener una prioridad acorde a ello. El problema surge, sin embargo, cuando toda la vida de una persona se reduce a ello: solamente trabajar en una labor que difícilmente le agrade, y como término opuesto, el deseo profundo e inquebrantable de escapar de dicha labor para descansar y pasarla bien. El anhelabo “bienestar” que propone nuestra cultura.

Una grieta

El hombre contemporáneo, de este modo, se encuentra preso en la dinámica ciertamente nociva entre dos polos opuestos: un trabajo de algún modo desagradable, que no lo plenifica, y un tiempo de descanso, que si bien hace que la persona la pase mejor, tampoco lo plenifica. Pues, dada la comentada dinámica, ¿dónde aparece el ser humano genuino, el ser espiritual, que se manifiesta en obras y en actos en este mundo? En ningún lado; y así está nuestro mundo. Renunciando a ser auténticamente humano, el ser humano se ha animalizado pasando sus días alternando entre la labor rutinaria y el descanso, que siempre es un descanso para volver a esa labor.

Quién elige ese modo de vida para sí vive –como dijo un pensador– una vida de silenciosa desesperación. Habiendo renunciado a su humanidad, elige debatir sus días simulando ser más un animal de carga que un ser humano. Trabajo y descanso; eso lo define. El ser humano genuino allí no aparece. Sí lo hace el hombre mediocre que se contenta solamente con eso. Quien no es mediocre ha de haber encontrado la grieta creativa que aquí proponemos para manifestar nuestra humanidad al mundo, nuestro ser interior más profundo y genuino. En actos y en obras.

¿Entonces no debemos trabajar ni descansar? Por supuesto que debemos hacerlo. El problema aparece cuando eso es lo UNICO que hacemos. Cuando nuestra vida se ha reducido solo a eso. Cuando nuestra mediocridad estructural no busca la grieta.

¿Qué es la grieta de la que aquí se habla? Es un espacio intermedio entre el trabajo y el descanso para que el ser humano pleno realice aquellas actividades que lo plenifiquen, para que manifieste su vocación sino puede hacerlo en su trabajo, para que aprenda y estudie lo que le gusta, para que ayude a su prójimo, para que realice actividades sociales significativas, para que pase tiempo en oración al servicio de Dios, etc. En definitiva, para que agregue valor humano al mundo, ni más ni menos.

¿Dónde está la mencionada grieta? Donde nosotros queremos que esté. Nosotros mismos debemos generarla, buscando un espacio entre nuestras actividades rutinarias para que podamos encontrar tiempo para manifestar nuestro ser más pleno, aquellas actividades para las que hemos nacido, las que el mundo espera de nosotros para ser mejor. Si no generamos nuestra grieta, nuestro espacio creativo para ser genuinos y humanos no aparecerá. Si no agregamos valor espiritual al mundo, seguiremos viviendo vidas de silenciosa desesperación, sumidos en la más genuina u auto elegida mediocridad, pues nuestro camino de vida siempre es nuestra propia y auténtica elección.

Por Hugo Landolfi

¿Identificarnos con lo exterior a nosotros nos hace mejores?

Creen que de tanto oropel se adherirá alguna partícula a su sombra.” José Ingenieros, “El hombre mediocre”.

Una conducta común de las personas de toda raza y condición consiste en identificarse con elementos ajenos a sí mismos que consideran, de alguna manera u otra, valiosos. Por ejemplo, las personas de mayor poder adquisitivo se identifican con los automóviles caros, como los BMW o Mercedes Benz, con los vinos de calidad, con los ropajes, carteras y zapatos de marcas reconocidas, etc. No se discute, por supuesto, el valor de uso o servicio que ofrecen este tipo de productos, el cual es indiscutible, sino la identificación de las personas para con ellos y la capacidad para transferir su supuesto valor a las personas que los utilizan.

Estos tipos de identificaciones se muestran, no solamente con el uso de estos artículos, sino con la manifestación del uso de los mismos. No es solamente usarlos la clave, sino que otros vean que los usamos. Mostrarlos claramente. Exponerlos. Aquí, la capacidad de cada persona para mostrar las marcas de los artículos que usa es una estrategia esencial. ¿Serían igualmente utilizados, los mencionados valiosos productos, si sus marcas no fueran visibles para otros, si la persona que los utiliza no pudiera demostrar a otros su adherencia e identificación a las mismas?

¿Comprarían estas personas un BMW que no tuviera su marca claramente visible para otros, de tal manera que estos otros pudieran ver la identificación clara entre la marca y la persona que las usa? ¿Con la ropa no sucede lo mismo? ¿Usarían las personas ropajes o zapatos de calidad que tuvieran oculta su marca, la cual otras personas no pudieran ver? Ciertamente que no.

Y estas actitudes no suceden solamente con las personas de mayor poder adquisitivo sino con todas las personas, sin importar su estrato social. La fanatización e identificación con equipos deportivos, con deportistas célebres o con estrellas musicales, más típicamente una actitud de la adolescencia y la juventud, aunque se manifiesta también en edades avanzadas, también esconde el mismo mecanismo de identificación.

La pregunta que debemos hacernos es, sin embargo, si al identificarnos con algo que consideramos valioso, alguna virtud valiosa de ese algo es transferida a nosotros en el proceso de identificación. ¿Nos hace mejores a nosotros mismos el tener un auto de reconocida marca y calidad o seguiremos siendo los mismos de siempre? ¿Una mujer que utiliza un vestido de una marca recocida y valorada, es necesariamente mejor ella misma, o simplemente lo parece? ¿Si nos identificamos con un determinado equipo deportivo, con algún deportista destacado o con algún cantante de moda, se nos transfiere algo de su valor a nosotros mismos? No parece ser el caso. Veamos.

Lo primero que debemos preguntarnos es cómo adquiere valor algo, especialmente los seres humanos. A primera vista, de manera evidente, nos damos cuenta que algo valioso lo es, no tanto por lo que tiene adherido en su superficie, sino por lo que interna e intrínsecamente es él mismo; por sus perfecciones y valor propios. Por ello las adherencias exteriores de cosas valiosas que no forman parte del valor intrínseco no agregan ningún valor a la persona. Esta es la falacia en la que viven quienes practican este tipo de actitudes. Ellos creen, como dice José Ingenieros, que de tanto oropel se adherirá alguna partícula a su sombra. No lo hará. Seguirán siendo quieres son; nada cambiará, aunque parezcan haber cambiado o ser mejores.

Los jóvenes varones que se suben a potentes automóviles para correr carreras o picadas en la calle, poniendo en riesgo a sus semejantes, conjuntamente con los que transitan temerariamente en motocicletas, haciendo alarde de gran velocidad, ¿son ellos mismos rápidos y poderosos o lo son solamente sus autos y motocicletas? El conducir automóviles o motocicletas veloces y ruidosas, que destilan poder y rigor por todos lados, ¿hace a quienes la conducen rápidos y poderosos? ¿Más varoniles, acaso? Ciertamente que no, pobrecitos. No hay nada peor para una persona que buscar constantemente algo anhelado para sí mismo allí donde no se encuentra, allí donde nunca se obtendrá.

Pero estas reflexiones no deben llevarnos a sentirnos mal sobre nosotros mismos, sino al contrario. Si realmente queremos ser valiosos, y nos damos cuenta que las estrategias que estamos siguiendo no lo logran, que fracasan tremendamente, podremos de una vez cambiar para lograr ser valiosos de verdad. Si nos damos cuenta de que no importa el auto o la ropa que tengamos, por más bueno que sea, en nosotros mismos nada cambiará por la simple adherencia de ello. Por lo tanto podremos comenzar a recorrer el camino por el cual sí podemos ser más valiosos. Pero, ¿cuál camino es este?

Este es un camino interior, por supuesto; y no es algo que necesariamente va a estar a la vista de los otros. ¿Podremos tolerar no estar en la vidriera, ante los ojos aprobatorios o descalificatorios del otro? El camino que proponemos es el camino que lleva a perfeccionar y actualizar nuestro ser interior, nuestra esencia, quien en verdad somos, y no a simplemente parecerlo, adhiriendo a nuestra superficie elementos supuestamente valiosos ajenos a nosotros.

Otra reflexión que surge de este tema es la excesiva importancia que le damos a la mirada de los otros en cuanto al valor de nosotros mismos. Necesitamos sin duda ser valorados, pero ¿puede esto ser hecho de cualquier manera? ¿Podemos otorgarle a cualquier persona la potestad para que evalúe nuestro valor o solamente debemos otorgar este poder a las mejores personas, la que verdaderamente e intrínsecamente son los mejores exponentes de perfección de nuestra raza humana? Este no es un tema menor, y su reflexión nos debe acompañar durante toda nuestra vida.

Por Hugo Landolfi

Auto estima, finitud y contingencia

A los terapeutas y psicólogos les quita el sueño uno de los problemas con que habitualmente se encuentran más a menudo dentro de sus consultorios: la falta de auto estima de algunos de sus pacientes. En su trabajo cotidiano dentro de sus consultorios, tratan de reforzar y estimular la misma con las técnicas y procedimientos más sofisticados y novedosos. La mayoría de tales procedimientos, a nuestra manera de ver, fracasan en el logro de su intensión –reforzar o consolidar verdaderamente la autoestima– pues fallan inicialmente en el diagnóstico, dado que consideran al origen de la falta de auto estima como un producto de origen meramente psíquico cuando en realidad tiene orígenes antropológicos, filosóficos y metafísicos. Son estos orígenes metafísicos los que luego, en la vida cotidiana de las personas, manifiestan una resonancia dentro del ámbito psíquico. Con esta afirmación no negamos, por supuesto, que el problema de la autoestima tenga manifestaciones y resonancias de importancia dentro del campo psicológico; lo que manifestamos es que su génesis no proviene de dicho campo, y por los tanto, tampoco puede provenir de allí su solución.

San Agustín comienza sus “Confesiones” preguntándose si esta vida humana es una vida mortal o una muerte vital. El obispo de Ipona, lo que pone sobre el tapete con dicho cuestionamiento, es la realidad de la contingencia y de la finitud de la vida terrenal del ser humano. Su modo de ser no es un modo pleno y perfecto de ser, aunque tampoco es una “nada”. La vida del ser humano en esta tierra se encuentra como a medio camino entre la plenitud de ser y la nada. Existe, pero existe limitadamente. De ahí su finitud. Existe, pero podría no existir. De ahí su contingencia. Finitud y contingencia hacen que la identidad del ser humano para sí mismo se vea seriamente comprometida. Su identidad para consigo mismo, su valor propio, su auto estima, emerge entonces inicialmente construida en forma precaria. El ser humano no sabe bien quién es él mismo, pues se sabe existiendo limitadamente. Tampoco sabe cómo es, pues su modo de existir es precario, debatiéndose entre la posibilidad de no ser que le plantea su propia muerte.

Para quien existe, pero podría no existir, y para quien existe, pero lo hace limitadamente, el valor percibido sobre el sí mismo es inicial y contundentemente limitado. ¿Cómo podemos creer que valemos mucho si somos seres limitados, finitos? ¿De qué manera podemos consolidar nuestro valor sobre nosotros mismos si, a la vez que existimos, podríamos nunca haber sido? Y además, nos acecha la idea de la muerte, del fin más supremo, nuestro propio término.

La conciencia de esta realidad, que se debate entre la finitud y la contingencia, es la que construye precariamente nuestra autoestima. Pero, como dijimos, dado que su génesis no es intra psicológica, tampoco lo es su solución, por mucho que les pese a los terapeutas. Ninguna técnica psicológica va nunca a ayudar a alguien a construir realmente su autoestima. Podrá brindar soluciones momentáneas y parciales, que acabarán por derrumbarse en poco tiempo, pero nunca podrá proveer de una solución radical y final.

Para encontrar una verdadera solución a este tema hay que atreverse a filosofar, a tratar filosóficamente los aspectos mencionados sobre la realidad del ser humano. Esto, por supuesto, puede realizarse dentro del espacio terapéutico pero, ¿qué terapeuta o piscólogo se encuentra capacitado para hacerlo?

Felicidad y desesperación en el mundo contemporáneo

Aristóteles decía que la felicidad del hombre consiste en la unión de su potencia de conocimiento más perfecta con su objeto propio. De este modo, para el estagirita, la felicidad se hace presente en el hombre cuando su potencia de conocimiento más perfecta, su inteligencia, se une con su objeto propio, la verdad. El contemplar la verdad de este mundo es, entonces, la actividad suprema del ser humano que lo conduce a la máxima felicidad, es la medida en que eso es posible en este mundo. La felicidad para Aristóteles es intramundana e inmanente al mundo por el sencillo hecho de que las verdades a conocer y a contemplar se encuentran dentro del mundo. Para Aristóteles este mundo se basta a sí mismo, siendo el único mundo en el que podremos vivir.

El teólogo y filósofo medioeval Santo Tomás de Aquino, glosando y completando al estagirita, agregó que solo la contemplación de Dios, suprema verdad trascendente, puede hacer plenamente feliz al hombre. Se pueden contemplar las verdades de este mundo, lo cual nos dará una cierta medida de felicidad. Pero solamente la contemplación de la Verdad suprema, Dios, nos hará plena y perfectamente felices. Dicha contemplación es ultra mundana, como también lo es la felicidad lograda. La contemplación plena de Dios no se da ya en la vida terrenal sino en la vida posterior a la muerte, a la cual esta vida terrenal debe ordenarse y supeditarse. Para el aquinate este mundo no se basta a sí mismo y, aunque tiene un pleno sentido y valor en sí mismo, lo que sucede en él se ordena al otro mundo, al que accederemos luego de la muerte del cuerpo.

Pero además de las potencias de conocimiento intelectuales, el ser humano tiene potencias de conocimiento sensibles que provienen exclusivamente de su cuerpo, al igual que los animales. Los cinco sentidos del cuerpo son las principales fuentes de conocimiento sensible. Estas potencias de conocimiento son las menos perfectas y menos jerárquicas del ser humano.

Si la felicidad consiste en la unión de la potencia más perfecta con su objeto propio, ¿qué puede suceder cuando se unen las potencias menos perfectas –las sensibles– con sus objetos propios? Aparece una delectación y un placer limitados, pobres, cuyos efectos son poco duraderos y escasamente satisfactorios para un ser de aspiraciones como es el ser humano. La desesperación y el tedio no tardan en aparecer dado que los placeres sensibles no terminan de satisfacer a un ser humano hambriento de “algo más”.

Por supuesto, los placeres sensibles del cuerpo son de acceso inmediato, más fáciles de obtener. Es lo que propone nuestra cultura: placeres a la mano, disponibles al instante. De poca cuantía por supuesto, pero disponibles inmediatamente. Alcanzar la felicidad que nos brindan la actividad intelectual es más arduo y no tan inmediato. Se requiere un esfuerzo constante durante algún tiempo para alcanzarlos. Por ejemplo, fumar un cigarrillo o tomar un trago de una bebida alcohólica causan un placer inmediato, comparados con la ardua tarea que conlleva a estudiar algún conocimiento filosófico humano.

Así las cosas, nuestro mundo contemporáneo se ha especializado en poner casi todas sus esperanzas para el logro de la felicidad en los bienes sensibles, corporales y materiales. El resultado es más que obvio: desesperación e infelicidad a mansalva; reincidencia constante en búsqueda infructuosa de la felicidad en los placeres sensibles que lleva al abuso de drogas legales e ilegales; una auto reducción de la vida humana a la animalidad; un hedonismo materialista exacerbado; etcétera. El hombre de hoy es un profesional del nihilismo pues es lo que la cultura imperante le propone. Y él se deja tiernamente conducir.

San Agustín, el obispo de Ipona, decía: “Nos hiciste para ti y nuestro corazón se encontrará inquieto hasta que descanse en ti”. ¿Podrán los líderes del mundo nihilista y materialista en que vivimos, sean ellos políticos, profesores, maestros de escuela y madres y padres, dar un golpe de timón para que sus liderados puedan comenzar a brevar de la fuente de la verdadera felicidad? Nuestra esperanza está puesta en ello.

¿Pero cómo habrán de hacer para ayudar a otros si ellos mismos, los mencionados líderes, tienen encarnados en sí mismos y en sus vidas estos modos materialistas de obrar y de ser? ¿No son, acaso, como ciegos que conducen a otros ciegos? Pobrecito este mundo; es conducido por ciegos, que conducen a otros ciegos directamente hacia el fondo del pozo. ¿Será por eso que Cristo dijo: “mi reino no es de este mundo”?

De cómo Dios probablemente no exista y otras aberraciones de la ciencia positiva

Recientemente, algunas ciudades de España, especialmente Barcelona, Málaga y Madrid, se han visto sorprendidas por una singular campaña a favor del ateísmo. La misma tomó forma bajo la colocación de pancartas en los laterales de las principales líneas de ómnibus y colectivos españoles. La pancarta reza: “Probablemente Dios no existe; deja de preocuparte y disfruta de la vida”.

Según nuestras fuentes, la campaña ha sido financiada por miembros de la Unión de Ateos y Librepensadores de España, una asociación que promueve la verdad científica, si es que tal cosa puede ser posible.

A nuestra manera de ver, que intentaremos probar seguidamente, esta asociación y sus dirigentes tienen más disponibilidad de dinero para gastar en esta campaña, que racionalidad propiamente dicha, pues sus argumentos, precarios, caen presos de sus propias premisas. Veamos.

Dios probablemente no existe

1) El planteo probabilista: Toda enunciación científica entendida positivamente ha de ser necesariamente probabilista pues su mismo método inductivo no admite certezas que solo el método deductivo podrá brindarle. Por ello, y con toda coherencia, la propuesta comienza diciendo “Probablemente Dios no existe…” y nunca dice taxativamente “Dios no existe”.
El problema de todo probabilismo es que es posible plantear tanto un argumento como su contrario, debido al carácter probabilista del mismo planteo. Así, por ejemplo, si decimos que “es probable que mañana llueva”, también podremos decir sin contradecir a lo anterior que “es probable que mañana no llueva”. El fundamento de esto es que si es probable que mañana llueva, y tal cosa no puede plantearse con una certeza absoluta, también va a ser probable su contrario.
El planteo probabilista “Es probable que Dios no exista” también admite la afirmación contraria “es probable que Dios exista”, lo cual manifiesta el poco grado de certeza que tienen las afirmaciones científicas en este campo, y la precariedad del planteo mismo.

2) La certeza del método científico: El método de la ciencia positiva es inductivo, y por ende, de conclusiones probables y no necesarias. Siempre falsables y sujetas a contra pruebas y revisión, como quería Karl Popper. Sobre Dios no puede hablar la ciencia positiva sino solamente la filosofía. Cuando la ciencia positiva habla de Dios, no solamente brinda cuestionables afirmaciones probabilistas, sino que viola sistemáticamente su propio método de estudio haciendo a sus afirmaciones inválidas.

3) Las afirmaciones de la ciencia sobre objetos que caen fuera de su campo de estudio son inválidas: Cuando la ciencia positiva trata de temas que caen fuera de su campo de estudio, como es el caso que nos ocupa, sus afirmaciones son completamente inválidas. El método científico ha sido ideado para tratar de estudiar realidades sensibles y materiales mediante la experimentación. Cuando ese método se utiliza para estudiar otras realidades, como la de Dios, el método deja de ser válido pues no ha sido desarrollado para ello. Al ser inválido el método, sus conclusiones son también inválidas.

4) La voluntad de poder: Una de las características de la ciencia positiva es proponerse a sí misma como un dios menor, es decir, como un sistema de conocimientos que paulatinamente va a solucionar todos los problemas de las personas. Es la idea misma de progreso. De este modo, muestra una voluntad de poder que va más allá del simple acto especulativo de conocer si Dios existe o no. Por eso la razón misma de la campaña publicitaria, la cual es la voluntad de poder para imponer este sistema de “creencias”.

5) El imperativo moral y la reducción a la animalidad: Es interesante el planteo moral de la enunciación “Probablemente Dios no existe; deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Dicho de otra manera, podrá decirse que ya que es probable que Dios no exista, dejemos de preocuparnos y disfrutemos de la vida. Lamentablemente, el argumento es nuevamente falaz. Si Dios no existe, la vida es pura desesperación y sin sentido. La muerte es algo seguro y final. Como quería Dostoievski, todo está permitido. ¿Podemos dejar de preocuparnos y disfrutar de la vida en un mundo tal? Podemos, pero solamente dejando de ser seres humanos y volviéndonos animales como propone la premisa. El “disfrute” propuesto es solamente del cuerpo, del animal, por lo cual el ser humano queda reducido así a ser un animal más del mundo, que solo debe disfrutar. Cualquier semejanza con los valores propuestos por las sociedades contemporáneas es mera coincidencia.

Como conclusión, debido a las serias limitaciones conceptuales, metodológicas y morales manifestadas en la susodicha campaña publicitaria por la Unión de Ateos y Librepensadores de España, podemos decir que más que bronca y enojo (como han manifestado ciertos grupos cristianos) estas personas deben hacer que nos enternezcamos con ellas, para invitarlas a estudiar con profundidad estas cuestiones que exceden al método científico y se inscriben dentro de las temáticas filosóficas más profundas y perennes.

Haber gastado una buena cantidad de dinero para promover publicitariamente argumentos falaces es notablemente meritorio en los tiempos de crisis económica que nos toca vivir.

Por Hugo Landolfi