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Como mencionábamos hace poco, hoy asistimos a una nueva moda dentro de ciertos ambientes pseudo intelectuales, los cuales no se caracterizan, por cierto, por un ejercicio pleno de algún tipo de práctica religiosa. Es decir, este fenómeno solo se presenta en aquellos espacios que se caracterizan por mantenerse ajenos de los canales habituales de influencia del pensamiento religioso y teológico. Estos espacios, pueden dividirse a priori, y al solo efecto pedagógico, en:

1) Espacios ateos (sin Dios), donde claramente las personas han tomado partido por vivir una vida sin Dios.
2) Espacios indiferentes a la cuestión de Dios, donde las personas no se han ocupado de pensar el tema. Son indiferentes o inconscientes al mismo.

Tal vez este último espacio sea donde más ha “prendido” esta moda. Es más difícil, por cierto, que prenda en los espacios claramente ateos o agnósticos. Por otro lado, decimos que esto se presenta en ambientes “pseudo intelectuales” pues los mentores y divulgadores de dicha moda aparentan y simulan ser “intelectuales” de cierta valía, pero la precariedad de su mismo planteo los descalifica como tales, manifestando su “pseudo intelectualidad”, como veremos. Entendemos “intelectualidad”, en forma sencilla, como una cierta adaptación de la inteligencia humana a las cosas de la realidad, mediada, por supuesto, por las condiciones particulares e históricas de la vida de cada persona, lo cual lo conduce a una hermenéutica particular, pero no por eso menos realista.

Dicha moda implica el hecho de referirse constante e insistentemente a la “espiritualidad” en forma genérica, sin mayores y ulteriores definiciones. Esta espiritualidad aparece a través de diversas manifestaciones verbales comunes como que es “la causa de todo”, como que “todo viene desde allí”, como que es “el orden implícito del Universo”, como que es la “fuerza que nos ayuda a lograr nuestras metas materialistas”, como que es “la fuerza de bien que subyace al Universo visible”, como que es “allí hacia donde todos nos dirigimos” o que es “nuestra casa u hogar final”.

Podemos encontrar dicha tendencia en diversos ámbitos. Entre los más destacados encontramos a ciertas líneas de psicoterapia (ambiente pseudo intelectual por excelencia si los hay), especialmente en las escuelas que han podido alejarse del sesgo freudiano y otras similares que son más claramente ateas; en ciertas escuelas y universidades, especialmente en aquellas que operan fuera de la influencia religiosa; en ciertos entornos familiares afectos a las modas, dominados por las tendencias que imponen los medios masivos de comunicación; en los mismos medios de comunicación donde, como dijimos, los periodistas deben especializarse en “tratar en profundidad” temas que desconocen; etc., etc.

Así, llegamos al planteo inicial de la cuestión: La aparición de una moda, insustentable intelectualmente según las características del mismo planteo realizado por dicha moda, que se relaciona con la espiritualidad y que pretende colocar a la misma como una “fuerza vaga e indefinida” que subyace a la materia y que nos ayuda (o se nos opone) en la consecución de nuestros logros materiales. El planteo tiene una curiosidad específica, de la que el mismo planteo es completamente inconsciente debido a su precariedad conceptual: no se nombra a Dios, ni se hace referencia al mismo. No hay un Ser Absoluto que fundamente la espiritualidad. Se plantea una espiritualidad sin Dios. Esto es muy curioso.

Este modo de plantear la espiritualidad sin referirse a Dios, la Causa de la espiritualidad, es como hablar de viento sin nunca referirnos al aire; es como hablar de la luz del día sin referirnos al sol.
¿Cuáles son las ventajas de hablar de espiritualidad sin referirnos a un Dios, el Innombrable de la espiritualidad a la carta de hoy en día?

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Las ventajas son notables, especialmente para las personalidades ególatras que anhelan manifestar su hiper narcicismo materialista en cada segundo de sus vidas. Si no hay Dios, no hay “ley eterna” a la cual tenga que atenerme. La espiritualidad planteada de este modo aparece como una “herramienta” al servicio de los intereses ególatras de las personas: me va a ayudar a tener trabajo o a ganar más en el mismo, a cambiar el auto, a que me sienta bien, a que tenga salud, a que me vaya bien en el amor o en los exámenes de la escuela, etc. La espiritualidad planteada de este modo es un recurso utilizado por los espíritus hiper narcicistas para lograr sus cosas, para que se puedan cumplir sus expectativas de cosas a tener.

La mejor manera de tener una espiritualidad que esté a mi exclusivo servicio es que no haya un Dios; y si lo hubiera, nos hacemos los distraídos y hacemos como si no existiera. Es un modo de pensar manipulador, por eso su pseudo intelectualidad, donde lo que se busca es satisfacer los propios deseos y necesidades. Para que el yo ególatra pueda emerger, Dios debe morir, pues el yo ególatra es dios; y allí no hay cabida más que para uno. El ególatra es él mismo un dios (con minúscula, pobrecito) y plantea la existencia de una espiritualidad “a su servicio”. Sin Dios.

Dios, ese Ser Supremo personal, no puede aparecer en la ecuación del ególatra, como tampoco puede aparecer el rostro del niño humilde que pide y sufre en la calle, dado que si esos rostros “aparecen”, ya no podremos seguir siendo indiferentes a los mismos. Solamente cuando el niño que pide es “nadie”, cuando el que sufre es “alguien sin nombre”, cuando los miles que mueren por el tsunami en Asia son “desconocidos”, podemos seguir indiferentes con nuestra propia vida y cambiar de canal, como si nada pasara. Pero el hecho mismo de evitar mirar esos rostros no hace que desaparezcan. Tampoco el rostro de Dios, por supuesto.

Porque si hay un Dios detrás de la espiritualidad, el narcisista ególatra tendrá que matar a su dios con minúscula para salirse con la suya: a sí mismo. Pues la existencia de un Dios hace irrelevante lo quo yo quiera, comenzando a ser relevante lo que Dios quiere para nosotros: nuestro camino de santidad. Pero el ególatra no quiere cumplir el plan de otro, aunque sea lo mejor para él, sino el suyo propio. Aquí otra demostración de pseudo intelectualidad. Inmerso en su precariedad conceptual, usa “las fuerzas de Dios”, la espiritualidad, para sus finalidades “menores” y rehúsa de conocer el plan de Dios para él. El cree que tiene un plan mejor para sí mismo que el plan que tiene Dios que lo creó.

Si Dios aparece como un ser personal ante el cual entramos en contacto, todo lo que El quiere para nosotros y para nuestra vida comenzará a ser relevante. Tal vez no sea “cambiar el auto”, u “obtener trabajo”, o “tener salud”, o “ganar dinero”, o “comprarme el último modelo de teléfono celular”. Tal vez sea cargar nuestra cruz y seguirlo, como enseñó en nazareno. Pero, ¿quién quiere cargar una cruz? ¡Vamos! Mejor eliminemos a Dios de la ecuación, quedémonos, eso sí, con su “fuerza espiritual” puesta a nuestro servicio y listo. Ecuación completa. Así podremos dormir tranquilos.

El problema de este planteo, pseudo intelectual, es que un dios hecho a la medida del hombre no es un verdadero Dios. En esto radica la principal limitación de este planteo. La vida del hombre adquiere verdadera dimensión cuando es mirado por Dios, y en esa mirada se manifiesta el amor mismo de Dios ante nuestra existencia querida por El para que recorramos el camino que El nos propone. Generalmente no es el camino que nosotros quisiéramos, pero hemos de confiar que nuestra limitada inteligencia no puede vislumbrar con claridad lo que es mejor para nosotros mismos.

Así que, para hablar de espiritualidad, hay que necesariamente hablar de Dios. Ahí vamos.

por Hugo Landolfi