Liderazgo según Hugo Landolfi Rotating Header Image

¿Qué es el cielo?

“La característica del “cielo” es que allí se cumple indefectiblemente la voluntad de Dios o, con otras palabras, que allí donde se cumple la voluntad de Dios, está el cielo. La esencia del cielo es ser una sola cosa con la voluntad de Dios, la unión entre voluntad y verdad. La tierra se convierte en “cielo” si y en la medida en que en ella se cumple la voluntad de Dios, mientras que es solamente “tierra”, polo opuesto al cielo, si y en la medida en que se sustrae a la voluntad de Dios.”
Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret.

¿Qué es amar?

Amar perfectamente es buscar el bien supremo de lo amado. Significa conducirlo al fin que le es propio pues allí se encuentra su felicidad completa y duradera. En el caso del hombre, el amor plenamente perfecto hacia él se manifiesta cuando se lo conduce hacia su fin último, que es Dios, pues este es su bien supremo. Esto es lo que hace Dios con la revelación: nos indica el camino para ir hacia El, que es nuestra felicidad. No lo hace, sin embargo, en forma coactiva, sino respetando siempre nuestro libre albedrío. Un libre albedrío que, curioso misterio, nos posibilita alejarnos de dicho fin último. Sin embargo, Dios mismo nos muestra e indica el camino, y todos los beneficios que este conlleva, por si en una de esas queremos tomarlo.

Amar implica considerar al prójimo “en sí mismo”, y no tanto considerarlo “para mí”. El amor genuino es la superación completa del asesinato menor que se manifiesta por ejemplo en la explotación del hombre por el hombre. Cuando el prójimo es considerado “en sí”, y no como un simple medio al servicio de nuestras necesidades —“para mí”—, es cuando el amor genuino puede aparecer. Es lo que hace Dios con nosotros en la revelación. El acto más pleno de amor. Pues, si como dijimos, amar perfectamente consiste en buscar el bien perfecto de lo amado, Dios nos ama perfectamente en la medida en que se revela para que podamos acceder al bien perfecto que es Dios —El mismo—, nuestro fin último. Y como si esto fuera poco, Dios mismo muere crucificado para que nuestros desvíos en el camino sean perdonados y así no nos perdamos de la posibilidad de acceder a su reino.

Un genuino deseo de Año Nuevo

Muchas personas al brindar piden Paz y Felicidad, pero observando con detenimiento la vida particular de cada una de dichas personas, cuesta verlos trabajar para lograr la Paz y la Felicidad que piden. Mi deseo para este año nuevo es que esta contradicción no se dé también en nosotros.

Muy feliz año para todos.

El sentido de la Navidad

En un mundo donde casi todo ha perdido el sentido y el significado genuino, no nos olvidemos del sentido genuino de la Navidad, que no consiste precisamente en hiperestimular el consumo materialista, en el aliento de los desbordes en el comer y en el beber, o en la celebración vana y superficial donde no se sabe ni siquiera qué se está celebrando.

La Navidad es, nada más y nada menos, que un nuevo aniversario del nacimiento de Jesús, ese Dios que inexplicablemente se hace hombre. A través de Jesús, Dios muestra su rostro y nos habla de El.

Feliz Navidad.

El entusiasmo, nuestro enemigo

Dentro del mundo de la consultoría en empresas o dentro del pensamiento de los más grandes “expertos” en liderazgo del mundo, aparece una y otra vez una palabra y una búsqueda: el entusiasmo. También se manifiesta el mismo como un modo de estimular a los alumnos en las escuelas. Todos buscan el entusiasmo como si fuera una piedra preciosa: generarlo, promoverlo, que no decaiga, que se mantenga, que subsista. Es difícil lograrlo realmente. Porque el entusiasmo se comporta siempre como un enfermo terminal que se muere a cada rato y al cual hay que “reanimar”. Por supuesto, los consultores contratados para realizar esta tarea tienen trabajo permanente, para felicidad de ellos. El problema es que no generan nada “sustentable”. Simple venta de humo.

Sin embargo, me permito una reflexión que quiero compartir con ustedes: ¿Fueron logradas en base al entusiasmo las cosas importantes y permanentes que cada uno de nosotros hemos alcanzado en nuestra vida, o en cambio fueron más el producto de lo que hicimos “luego” de que el entusiasmo se apagara?

Los que estamos en pareja o casados hace muchos años y tenemos una familia con niños: ¿El éxito de la misma se debió al entusiasmo o enamoramiento inicial, que duró ciertamente poco, o a lo que supimos hacer luego de que el enamoramiento inicial se desvaneciera?

Los que somos empresarios, escribimos un libro, compusimos canciones, pintamos cuadros o realizamos cualquier proyecto de envergadura: ¿El logro del mismo de debió al entusiasmo inicial o al modo en que mantuvimos nuestro ritmo de trabajo, nuestro compromiso y nuestras convicciones luego de que el entusiasmo se desvaneciera?

Si la mayoría de las cosas importantes y de más valor que una persona hizo en su vida se hicieron, no bajo el influjo del entusiasmo sino, más bien, bajo el influjo de las cualidades operativas que tenía la persona luego de que el entusiasmo se hubiera ido, es menester hacernos una pregunta: ¿Por qué le damos tanta importancia al entusiasmo? La verdad es que no sirve mucho para nada. Es otro modo de adiestramiento educativo y relacional que reduce al ser humano a un simple animal del cual se busca su entusiasmo mediante la provisión de premios adecuados. Entusiasmarlo para utilizarlo. Simple utilitarismo.

Con el entusiasmo se logran inspiraciones de corto alcance: un buen párrafo para quien escribe un libro, pero nunca el libro completo; un buen compás para quien compone música, pero nunca un disco completo; una tarde de pasión para una pareja enamorada, pero nunca una familia con hijos bien educada bajo valores humanos; una breve suba de ventas o de efectividad en un equipo de trabajo, pero nunca una suba sostenida que haga una verdadera diferencia cuando cierre el año fiscal.

No es que el entusiasmo en la vida del hombre no sea importante. El problema radica en cuando confiamos al entusiasmo cosas que no pueden confiársele. El entusiasmo es un epifenómeno emocional del hombre, lo cual lo inscribe dentro del ámbito de su cuerpo animal y no tanto de su alma espiritual. Al hacerse de él un “rey”, lo que hacemos es animalizar al hombre, pues nos olvidamos de su inteligencia pero fundamentalmente de su voluntad, genuina potencia del alma que puede seguir operando cuando el entusiasmo se halla ido.

Por otro lado, estratégicamente, lo que se logra con el entusiasmo es de tiro corto y escasísima duración. El entusiasmo se “nos muere” a cada rato. Parece algo que ni bien nace, se obsesiona por morir. ¿Cómo puede el hombre confiar en una herramienta tal para lograr grandes cosas? Solamente un hombre animalizado, llevado al entusiasmo por educadores o consultores que entienden al hombre como un animal, usualmente provenientes de diversas áreas de la psicología que no entienden mucho del hombre integralmente considerado, puede recorrer ese absurdo camino.

Lo primero en el hombre es su alma espiritual, y solamente con la adecuada educación y formación de la misma puede el hombre ser en verdad hombre y lograr cosas más allá del corto impulso que puede tener la oleada de energía animal que provee el entusiasmo. Por supuesto, bienvenida sea cuando ella venga, pero si confiamos solamente en ella estaremos perdidos de antemano. Como dice el dicho: “Que el entusiasmo nos encuentre trabajando”.

Pero las psicologías que entienden al hombre como un animal se imponen, tanto en educación como en consultoría y liderazgo. Es menester, entonces, que apuntemos a recuperar al ser humano que es el ser humano, y para ello lo primero es que tomemos conciencia del problema.

La era del egoísmo

El hombre necesita de un dios, entendido éste como principio último explicativo de la realidad y como legislador del mundo. Esto ya lo dijimos. Pero cuando ese dios no es Dios, es decir, el Dios verdadero y trascendente, el hombre se hace a sí mismo dios. Por supuesto, como también siempre decimos, se transforma en simple dios menor, limitado e ineficiente al modo de los antiguos dioses griegos con caracteres antropomórficos. Cuando el hombre se hace a sí mismo un dios es cuando aparece la egolatría, el narcicismo —en sus variantes patológicas y no patológicas—, y el egoísmo exacerbado.
Por esto es que una característica distintiva tiene nuestro tiempo y nuestra era: los seres humanos lo hemos transformado en la era del egoísmo porque en su mayoría somos egoístas, ególatras y narcisistas. Y es razonable que así suceda. Olvidado el hombre de nuestro tiempo de Dios, habiéndolo perdido y aún necesitándolo, no le queda otra salida que hacerse a sí mismo un dios. Este dios menor que es él mismo, como todo dios, se coloca como principio explicativo último de todo lo que sucede y como legislador moral de lo que ha de estar bien y mal. Relativismo en la más pura expresión. Esta es una de las razones por las cuales nuestro mundo es decadente y se encuentra en franca implosión en cuanto a lo genuinamente humano que hay en él. El hombre, ser finito y limitado si los hay, ha reemplazado al Dios verdadero por el sí mismo. Habiendo matado a Dios, al decir de Nietzsche, se hizo a sí mismo un dios y transmitió sus limitaciones y contingencias al mundo en que vive. Veamos cómo lo hizo.

La regla del ególatra
Hay una característica propia y distintiva que tiene el ególatra: es una persona mezquina y escasamente generosa. Nos es alguien que se dona a su prójimo. No es un dios generoso, como el Dios de verdad, superabundante, sino un dios egoísta, que busca valerse de las relaciones intersubjetivas con el prójimo para ver cuánto de provecho puede sacar de él para sí. Es un dios que casi no califica para ser un dios. Siempre lleva consigo una regla de cálculo, la cual funciona mediante un sencillo algoritmo que califica como valiosa y eficiente para él a toda relación en la cual ha obtenido más de lo que ha tenido que poner. Si la cuenta de su cálculo da positivo, él se siente contento, realizado. En sus maquinaciones egocéntricas piensa para sí: “si pongo 1 y obtengo 2, es un buen negocio”. Y agrega: “—También lo es si pongo nada y obtengo 1”.

Hay otra regla general que respeta el dios ególatra a rajatabla: nunca pone más de lo que ha recibido, de modo tal que su ecuación el peor resultado que puede brindar es cero —puso tanto como obtuvo—, pero nunca dar negativo —poner más de lo que obtuvo—. Es raro verlo poner más de lo que ha obtenido. Esto solamente puede lograrse de él por la fuerza y mediante coacción. Cuando él tiene que poner algo de sí, siempre mide cuidosamente lo que pone para no pasarse. Si el prójimo le dio 2, el se va a cuidar de poner “hasta 2”, como máximo. Es muy obsesivo con esta regla, la cual lo hace verse a sí mismo como una persona justa. No es raro encontrar al narcisista hablando de sí mismo como una persona “extremadamente justa”. “Soy —dice en sus elucubraciones del bajo mundo—, una persona que le da a cada uno según lo que me ha dado”. Y tiene razón. El problema es que eso no está ni cerca de ser justo.

Toda interacción, para el narcisista y el ególatra, pasa a través del filtro de su regla de cálculo que mide lo que da y lo que recibe. A todos lados concurre con su balanza justiciera. Esto se manifiesta en sus relaciones interpersonales, como dijimos, pero no solamente con los extraños a su familia sino especialmente para con ellos. En el núcleo más íntimo de su familia es donde el narcisista despliega los perversos poderes de su regla. Por esto, las víctimas de su exacerbado egoísmo son usualmente las personas que conviven con él, a las que tiene más cerca. El narciso mide hasta lo que da a sus hijos, los cuales por naturaleza demandan más de lo que tienen para dar. Este es uno de los motivos por los cuales los niños de hoy se encuentran huérfanos de padres genuinos que se consagren a ellos, porque hacer tal cosa requiere de una donación personal que los padres ególatras de nuestro tiempo no están dispuestos a realizar. Prefieren pagar dinero a terceros para que críen a sus hijos, pues para ellos el resultado que genera su regla de cálculo en cuanto a criar da permanentemente negativo. Para ellos, criar hijos es un “sacrificio” y no una “bendición”. Por duro que parezca, el hijo, la esposa o el esposo, son los principales obstáculos para la consecución de los deseos personales del egoísta, porque los que más demandan a cada persona son los que se encuentran más cerca, los que conviven con ellas.
Ahora bien, si esto se desarrolla de esta manera en el núcleo más íntimo de la vida del ególatra, imaginemos lo que sucede con los más extraños a su vida: su vecino, sus compañeros de trabajo, sus amigos y conocidos. Bueno, no hace falta imaginarse tanto, miremos cómo es el mundo en que vivimos y advertiremos que lo que sucede es producto del extremo egoísmo de sujetos sociales que solamente buscan obtener más de lo que dan a cambio. Pero es imposible que la cuenta cierre socialmente, ni aun familiarmente. La generosidad se impone. Y la donación personal debe ser la regla.

El camino hacia la generosidad: el donarse
Lo que escapa al cuidadoso cálculo del ególatra es que su mezquindad le impide manifestar su verdadero ser humano en el mundo, por lo cual, lejos de ser una ganancia, es una gran pérdida. Sale ganando en cuanto al comercio de bienes materiales, pero en cuanto al crecimiento y desarrollo de su persona humana, pierde en forma contundente. Todo lo que toca se marchita, o comienza a marchitarse. Tiene en su mano como una varita mágica a la inversa: en lugar de mejorar las cosas, perjudica todo cuanto toca. Porque su acción es veneno. Es difícil crecer y desarrollarse al lado de él puesto que la perversidad de comercio interpersonal inhumano domina sus acciones.

Sin embargo, debemos mencionar que el ser humano está diseñado para ser tanto más pleno y feliz cuanto más se dona gratuitamente a los otros, es decir, cuanto más da sin importar lo que recibe, sin perderse en complejas fórmulas. Puesto en términos de la ecuación del ególatra podemos decir que el hombre es más pleno en tanto el resultado de la ecuación de intercambio con su prójimo da negativo para él. Al donarse, al dar más y mucho más de lo que recibe, el ser humano comienza a crecer notablemente en humanidad y en plenitud, y todo su entorno comienza también a florecer. Su mano deja de ser ya veneno para transformarse en un abono de amor que estimula el crecimiento pleno de todos los que entren en contacto con él, y por supuesto, también estimula el crecimiento hacia la felicidad de él mismo.

Tomado de nuestro libro de próxima aparición: “El hombre ante el olvido de Dios“.

Una tendencia en alza: Tener hijos después de los 35 años

El diario La Nación comenta en un artículo sobre la tendencia de las parejas y matrimonios actuales a tener sus niños cada vez más cerca de los 40 años. Recomiendo leer, al respecto, nuestro arículo de hace unos meses: Hacia un mundo sin abuelos. Allí indicábamos que la egolatría y el narcicismo creciente en nuestras sociedades hace que tener un hijo sea vivido por muchos como “una molestia”. Tal tarea se encara “de última”, es decir, cerca del límite de la edad reproductiva de las madres.

Tener hijos después de los 35, una tendencia en alza

En la provincia de Buenos Aires, más mujeres retrasan la maternidad

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El dolor y el mal prueban que Dios existe

Si Dios no existe, no hay nada bueno ni malo para el hombre. Todo, absolutamente todo, se transforma en arbitrario. No hay nada que sea específicamente bueno para nosotros, que nos haga bien; ni hay nada específicamente malo y que nos haga mal o nos dañe. Desaparecería incluso el amor.

Suponiendo por un imposible que Dios no fuese para el hombre un bien de verdad, algo que es bueno, no habría para el hombre tampoco razón alguna para amar. Tomás de Aquino, Suma de Teología.

Sin embargo, el hombre sufre un gran daño y perjuicio que se manifiestan en la desesperación y la angustia extrema en que vive cuando vive olvidado de Dios. Si la tesis que sostiene que Dios no existe fuera cierta, el hombre, al elegir arbitrariamente, ya sea cuidar enfermos o conducir a la cámara de gas a millones de inocentes, como diría Camus, no se angustiaría ni se desesperaría. Porque, dijimos, la inexistencia de Dios borra de plano la idea del bien y del mal, lo bueno o malo para el hombre. Pero, sin embargo, el hombre ante la arbitrariedad de sus elecciones, ante la falta de significado de su vida, se angustia y se desespera, pues busca y necesita desesperadamente del bien. Del Bien Supremo, que es Dios. Esto también demuestra, por vía del absurdo, la existencia de Dios. Si Dios no existiese, sin importar lo que hiciéramos, no deberíamos angustiarnos ni desesperarnos, pues nuestra vida misma estaría diseñada para no esperar nada y para no angustiarnos ante lo ausente. No sentiríamos el dolor.

La angustia frente al dolor requiere de la existencia del mal, que, a su vez, requiere de la existencia del bien, pues el mal es un bien ausente y debido. Pero sin Dios no hay mal ni bien, sino solamente arbitrariedad. Pero puesto que existe el dolor, ha de existir el mal y, por ende, el bien. Por ende, ha de existir Dios.

Así como para la delectación se requieren dos cosas, cuales son la unión con el bien y la percepción de esta unión; así también se requieren dos cosas para el dolor, esto es, la unión con algún mal (que es mal por lo mismo que priva de un bien) y la percepción de esta unión. Ahora bien, todo lo que se une, si no tiene razón de bien o de mal respecto de aquel al que se une, no puede causar delectación o dolor. Por lo cual es evidente que el objeto de la delectación y del dolor es algo bajo la razón de bien o de mal. Tomás de Aquino, Suma de Teología.

Si nos desesperamos y nos angustiamos es porque hay algo ausente que el hombre necesita. Un bien debido. Esto ausente no será, tampoco, arbitrario, pues sino ante el olvido de Dios se angustiarían y desesperarían unos pocos y no casi todos, como en efecto sucede. Esa ausencia añorada, esa salvación de la muerte de un ser consciente de la misma que quiere vivir por siempre, no es otro que el rostro de su Dios. Su Creador.

Cuando la buena suerte es un salvavidas de plomo

La Argentina se ha clasificado para el mundial de futbol de Sudáfrica 2010. ¡Bien por la Argentina! Sin embargo, se nos impone reflexionar sobre si dicho logro ha sido una ayuda para la Argentina, o un simple perjuicio que no hará más que arrojarnos otro salvavidas de plomo para que nos sigamos hundiendo en la mediocridad en la que hemos sabido ser maestros.

Todos los argentinos estamos de acuerdo en que la Argentina se ha clasificado al mundial porque ha tenido suerte y no por sus méritos futbolísticos o directivos. Toda la organización y el funcionamiento del fútbol argentino que hace a la selección nacional se encuentra lamentablemente compuesta por dedicados incompetentes, mediocres e ineficientes. Las excepciones son pocas y se manifiestan por la “pronta eyección” de tales excepciones desde la intimidad del mencionado círculo decadente. Esto no es una crítica, sino una realidad en la cual los argentinos, en su mayoría, estamos de acuerdo. ¿Podrá una organización, cuyo plantel directivo muestra estas “virtudes”, ser eficiente en el logro de sus objetivos? No, será altamente ineficiente, como lo ha demostrado el equipo argentino. Sin embargo, la suerte lo ha acompañado y el equipo se ha clasificado. Aquí, la buena suerte nos ha jugado una muy mala pasada, pues nos dificulta el camino del aprendizaje, el camino de que las personas más incompetentes sean reemplazadas, paulatinamente, por personas cada vez más competentes. Que los peores dejen paso a los mejores.

maradonabilardo

Pero los argentinos nos jactamos de los resultados, no del proceso. El proceso no importa sino solo el resultado. Maradona lo ha dicho con sabias palabras: “Al que no creía en mi, que la chupen, que la sigan chupando. Yo soy o blanco o negro, gris nunca. Ustedes me trataron como me trataron, sigan mamándola”.

Debemos decir que todos los argentinos somos como Maradona. No nos interesa la excelencia manifestada en la maravilla del proceso, sino solamente obtener resultados a cualquier precio. Por eso nos hundimos y nos seguimos hundiendo, dado que esta hubiera sido una buena oportunidad de aprender si no hubiéramos clasificado para el mundial, pero como clasificamos, seguramente los que nos llevaron a esto seguirán en sus sillones, inamovibles. Porque para nosotros el resultado manda. Somos mediocres pero ganamos. Y al argentino medio le gusta ganar, salirse con la suya. No le interesa crecer, desarrollarse y desplegar sus dotes humanas en el proceso. No. Le gusta ganar, solo ganar. Y a veces se gana, injustamente. Y eso nos hunde. Más a nosotros, que necesitamos salir a flote, porque ya estamos muy hundidos.

Pero, debemos preguntarnos, ¿por qué es el argentino como es? ¿Es por ser argentino? No. Es por ser un ser humano. De este modo, podemos concluir que el ser humano todo es como Maradona. Quiere ganar, no ser excelente durante el proceso. Lo es Obama cuando manda miles de nuevas tropas al medio oriente, a la vez que recibe el premio Novel de la paz, premio dudoso, por cierto. Lo es, y pongo el caso paradigmático de Obama por la curiosidad que nos genera dicho premio, cuando compra votos parlamentarios al modo argentino para obtener la votación favorable a las leyes deseadas.

Todos los seres humanos debemos reflexionar sobre el Maradona que llevamos dentro. O si no… que nos la sigan chupando. ;)

Somos el prójimo de los otros

Cuando nos hacemos dioses a nosotros mismos y nos olvidamos del prójimo, colocándolos a nuestro servicio utilitarista, no nos damos cuenta de que nos colocamos nosotros también al servicio de la explotación utilitarista de los otros. Porque nosotros somos el “prójimo de los otros”. Y si hay que explotar al prójimo, si mi prójimo es simplemente alguien a mi servicio, yo seré también explotado por los otros y me forzarán a colocarme a su servicio. ¿No tiene estas características el mundo en que vivimos?