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Si se pudiera definir en forma simple y sencilla la causa común de cualquier conflicto, ¿cuál sería la misma? Más allá del caso de nuestros hermanos del Medio Oriente que no dejan de apedrearse, la pregunta es: ¿Qué elemento esencial tienen en común todos los conflictos en los que el ser humano es protagonista?

A mi manera de ver, en el plano material, la causa común es la escasez de recursos considerados como buenos por, al menos, dos partes. Así, el conflicto sobreviene cuando un bien de por sí escaso es anhelado por dos partes interesadas en el mismo. Esto se aplica a todos los casos de conflictos en los que intervienen seres humanos. Desde dos amigos, un matrimonio y dos compañeros de trabajo, hasta países y gobiernos de todo el planeta. Siempre, las partes se disputan un bien que es escaso, el cual supuestamente no alcanza para ambas partes. Dos amigos que pelean por una misma novia (porque ella no puede ser plenamente novia de ambos al mismo tiempo), un matrimonio que pelea por tener razón (porque viven en la creencia de que dos personas no pueden tener razón al mismo tiempo), dos compañeros de trabajo que disputan el reconocimiento único de sus superiores (porque sus superiores les han enseñado, como les enseñamos a los alumnos en nuestras escuelas, que dos personas no pueden ser igualmente reconocidas, sino que siempre tiene que haber una superior y otra inferior). También, otro caso se presenta en la disputa de dos gobiernos cuya “tierra prometida” no alcanza para ambos. Israel y Palestina, pobrecitas, conducidas por ciegos que conducen a otros ciegos, anhelan solo para ellas la tierra prometida y… no alcanza para ambas. En síntesis, la clave y la esencia de todo conflicto es la escasez, dado que si ambas partes en conflicto anhelaran un bien, no siendo el mismo escazo, no habría conflicto.

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Pero hay otro plano en todo conflicto, superior al plano material en el cual se manifiesta inicialemente. Este otro plano es el que verdaderamente alimenta, sustenta y hace prosperar el conflicto. Todo conflicto, entonces, se manifiesta en un plano material pero se sustenta en un plano espiritual. De ahora en más, luego de conocer estas verdades, no podremos decir que un conflicto se presenta “solamente” en el plano material, sino que “también” se sustenta en un plano espiritual. ¿Qué puede haber o no haber en el plano espiritual que sustente el conflicto? El amor por el prójimo, es decir, considerar si las partes en conflicto se aman o no. El amor, por supuesto, entendido aquí no sexual ni materialmente, sino espiritualmente, como la búsqueda incondicional y desinteresada del bien para el otro, por el prójimo. Y aquí, creo yo, está la clave última y esencial de todo conflicto. Puede haber escasez en el plano material, pero si hay verdadero amor espiritual entre las partes, el conflicto no podrá prosperar. Si no hay amor, en cambio, todo conflicto es posible dado que vivimos en un mundo finito y limitado, repleto de escasez.

Así, las partes en todo conflicto no están en conflicto por la escasez material en sí misma sino porque no se aman o porque no saben amarse; no buscan en forma indiferentemente y desinteresada el bien del otro sino el propio. Quieren el bien para ellos solos, cada uno por su lado. Van contentos y motivados a la batalla con un grito de guerra que dice: “¡Por mi y nada más que por mí!”. Por supuesto, el otro bando hace lo mismo, y así estamos. Cristo (¡cuánto se lo escucha y se lo cita, pero que tan poco caso se le hace!) dijo: “Amense los unos a los otros como yo los he amado”. Es tan sencillo y tan complejo a la vez. ¿O nosotros lo hacemos complejo?

Finalmente entonces, en todo conflicto no importa tanto el bien escaso de que se trate sino del amor que se profesen las partes en conflicto. Por ello no habría que preguntarles a los israelíes y a los palestinos por qué se pelean sino por qué no se aman, pues amándose podrán resolver la escasez material; sin amarse nunca podrán resolver nada, como de hecho sucede. Es menester reflexionar sobre esto en nuestros conflictos cotidianos, con las personas que nos rodean, y centrarnos siempre en el amor al prójimo más que en la escasez de bienes que en este mundo material y finito son y serán moneda corriente.

Recordemos que a veces no amamos al prójimo no porque verdaderamente no lo amemos, sino porque no sabemos amar. ¿Y si aprendemos a amar en vez de vivir en conflicto? ¿No sería ese un extraordinario desafío para plantearnos a nosotros mismos y a nuestras familias?

Por Hugo Landolfi
PD: Espero con ansias sus comentarios.