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Hugo Landolfi

Cómo superar una crisis

Por Hugo Landolfi
Autor del libro “De víctima a protagonista

Hoy quiero explicar mis reflexiones un tema sobre el cual recibo muchas consultas y que se relaciona con lo que las personas llamamos “Crisis”, y que incluye a ciertos tipos de crisis vitales, problemas acuciantes de la vida, que nos colocan frente a un problema ante el cual mostramos serias dificultades para solucionarlo.

¿Qué pasa cuando en la vida estamos ante lo que llamamos una crisis? ¿Qué es una crisis? Habitualmente implica la presencia de un hecho, de algo que sucede o acaece súbitamente, frente a lo cual nuestras estrategias para afrontarlo comienzan a tener dificultades en cuanto a su efectividad porque ese hecho, de alguna manera, atenta contra el modo de pensar o el modo de vivir que teníamos hasta ese momento. Las estrategias que hasta ese momento eran efectivas para vencer las dificultades vitales comienzan a dejar de serlo. La “teoría” con que afrontábamos los problemas de la vida de pronto se muestra insuficiente.

Si ejemplificamos esto mediante una metáfora podemos decir que afrontar una crisis es como perder la seguridad del piso sobre el cual estamos parados. Toda persona en crisis siente que aquellas seguridades, o aquellas firmezas donde se encontraba asentado, empiezan a moverse, comienzan a estar flojas, y ahí empieza a aparecer la incertidumbre, la inseguridad, es decir, todas esas cuestiones que ya conocemos las personas que hemos tenido crisis a lo largo de la vida.

Esto se puede ilustrar mediante un gráfico sencillo en dos ejes, donde ponemos el tiempo en un eje y algo que podríamos denominar “incertidumbre” en el otro, siendo este uno de los elementos que más varía en toda crisis. Normalmente vemos que a lo largo de la vida, en distintos aspectos de la misma, vamos teniendo ondulaciones en cuanto a la certidumbre y a la seguridad. Por ejemplo, uno de los aspectos de la vida que podemos evaluar según este criterio son las relaciones interpersonales. Dichas relaciones nos dan un mayor o menor grado de seguridad o certidumbre, de tal modo que si graficamos a lo largo del tiempo nuestra línea de relaciones vamos a ver que es algo ondulante con algunos picos, algunos valles, pero más o menos se mantiene la variabilidad dentro de una línea y de unos ciertos márgenes.

Podemos graficar otro elemento de la vida como, por ejemplo, el trabajo, que implica el dinero que ganamos, lo que podemos hacer con ese dinero, el hecho de comprarnos una casa, de pagarnos nuestro sustento, el de nuestros hijos y el de nuestras familias; y también vemos que podría asociarse a una curva similar a la anterior con picos y con valles. “Relaciones” por un lado, “trabajo” por otro, y podemos agregar un tercer elemento que podría ser algo relacionado con la “fe religiosa”. Ella también muestra oscilaciones a lo largo de la vida, sube, baja, pero mientras la variabilidad se mantenga más o menos dentro de ciertos márgenes que ya conocemos, la crisis no aparecerá porque ya estamos acostumbrados a esa variabilidad en la certidumbre o en la incertidumbre y podemos hacer pie bastante seguros frente a dichas variaciones.

Ahora bien: ¿qué pasa cuando en algunos de estos aspectos aparece una variación muy intensa? Vamos a poner por ejemplo el caso donde en una de nuestras relaciones, una relación que puede ser con un padre o una madre, una relación de pareja, con hijos o hijas, aparece una pérdida de certidumbre muy importante. Venimos marchando tranquilos por la vida y, de pronto, tenemos una verdadera crisis. Algo importante sucede que nos aumenta la incertidumbre sobre todas aquellas cosas que en la vida nos daban certidumbre, y nos colocan frente a una situación nueva porque, cuando estábamos manejando anteriormente las pequeñas variaciones de incertidumbre, no nos poníamos a pensar determinadas cuestiones sobre la vida, que sí determinadas crisis nos llevan a pensar. Cuando estas cosas pasan, se comienzan a disparar en la vida de las personas lo que yo llamo, o lo que se llama: “Reflexiones filosóficas”. De golpe empezamos a pensar sobre la vida, sobre qué es la vida, sobre para qué estamos aquí, sobre la naturaleza de aquella cosa que generó la crisis, sobre hacia dónde vamos, preguntas que antes de la crisis no estaban presentes en forma consciente en nuestra vida.

O sea que la crisis nos pone de cara, al moverse nuestro piso, frente a las preguntas más importantes de nuestra vida. Preguntas que usualmente son de carácter filosófico. Y preguntas sobre las que habitualmente en la vida normal, de no mediar una crisis, no tenemos presentes en forma consciente. Es como si viviéramos alejados, olvidados, de las cuestiones más importantes de la vida.

Pero: ¿qué sucede si tenemos una crisis en un aspecto o variable de la vida pero en los otros aspectos las cosas se mantienen más o menos similares? Generalmente cuando acaece una crisis importante en uno de los aspectos de nuestra vida, tenemos un gran aumento de la incertidumbre, pero usualmente ese aumento de la incertidumbre no una cosa sumamente grave, aunque en ocasiones puede llegar a serlo. Dicha crisis “menor” nos llevará a cuestionarnos determinadas cosas pero, como todavía podemos hacer pie en otros aspectos de nuestra vida que aún se encuentran firmes, como por ejemplo el conservar un buen trabajo o mantener una fuerte fe religiosa, o si perdemos el trabajo y nuestras relaciones nos siguen apoyando y estimulando, en general se puede salir medianamente airoso de estas situaciones.

Entonces: ¿qué pasará cuando en la vida aparecen crisis graves que son simultáneas? Por ejemplo, supongamos que estamos en una situación en la que tenemos relaciones que vienen más o menos bien y de golpe se derrumban. Además, tenemos un trabajo que viene más o menos bien sostenido y lo perdemos. Y, finalmente, perdemos nuestra fe religiosa. Aquí tenemos una gran crisis, lo cual a algunas personas “se las lleva puestas” porque pierden todas las seguridades y las certidumbres que antes tenían, y se derrumban completamente. Esto pasa cada tanto en la vida y, si bien nos ponen frente a las preguntas más importantes de la vida que son filosóficas, a veces no tenemos herramientas para responderlas. Y no tenemos en ninguno de los aspectos de nuestra vida elementos dónde apoyarnos porque todos han caído. Usualmente la persona que se encuentra en esta situación tampoco puede ver el futuro de un modo optimista. El mismo aparece como una caja negra. Piensa que todo va a quedar derrumbado para siempre. El pesimismo se hace presente.

Pero si miráramos la vida como si pudiéramos abstraernos de la misma para observar estas grandes crisis a distancia, percibiremos que nuestras grandes crisis generalmente llevan hacia una recuperación, e incluso una crisis puede servir para elevar alguno de los aspectos anteriores a una altura mayor de certidumbre. Por esto no debemos olvidarnos que no debemos ser completamente negativos ante una grave crisis porque usualmente el futuro conlleva a una recuperación de esas crisis y a veces, en alguno de sus aspectos, una superación del estado anterior de certidumbre.

Cuando suceden estas crisis “mayores”, aparecen los suicidios, las adicciones, las drogas, el alcohol, etc. Algunas de estas crisis pueden implicar hechos graves como la pérdida de un hijo, de una madre, de un padre, que pueden combinarse con la pérdida de un trabajo muy importante o con la pérdida de la fe, aquella certidumbre más grande que podemos tener sobre la vida.

Hay muchos aspectos de la vida que cuando se juntan en crisis hacen que el desafío de la persona para superarla sea mucho mayor. Entonces: ¿Qué hacer frente a estas cosas?

Primero: no desesperar. ¿Por qué no desesperar? Porque no debemos enfocarnos solamente en el presente de la crisis olvidándonos del futuro. El futuro usualmente nos mostrará que muchos de esos aspectos se van a solucionar y que algunos van a ser incluso superados del estado anterior en el que veníamos. La esperanza en el futuro es clave para superar una crisis.

Segundo: buscar apoyo. Apoyo profesional, un coach, un psicólogo, un filósofo, un terapeuta, un amigo, etc. No quedarnos quietos esperando que las cosas se solucionen “mágicamente”.

Tercero: detenernos a pensar las cuestiones filosóficas de la vida ante la cual la crisis nos pone violentamente de frente. Pensar, reflexionar, volver a conectarnos con las cosas más importantes de nuestra existencia. Recuperar la fe, recuperar aquellas cosas que hemos perdido. Y todo esto seguramente nos va a reorientar hacia una vuelta a la certidumbre y a la seguridad que la crisis de la vida nos ha quitado.

Así que éstas son simplemente algunas ideas para que reflexionemos sobre algo tan importante en la vida del hombre y del ser humano que son las crisis y frente a lo cual ninguna persona puede decirse que se encuentra ajeno a sufrirlas.

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¿Cuándo te DECIDISTE a ser inválido?

Reflexionando sobre el tema de la invalidez en el ser humano, vino inmediatamente a mi recuerdo el caso del músico de jazz Michel Petrucciani. Michel, quien ya falleció, llevaba sobre sus espaldas uno de los casos de invalidez corporal más extremos, especialmente incapacitante para una persona que tocaba el piano. Y sin embargo, a pesar de todos sus condicionamientos físicos y seguramente también psicológicos, él no se decidió a ser un inválido. No dió su consentimiento. Nunca admitió para sí mismo la invalidez como una forma de vida. Veanlo ustedes mismos en el siguiente video.


El caso de Petrucciani, y el de tantos otros, me ha llevado a la conclusión de que para vivir la vida como un inválido, entregados displicentemente al simple paso del tiempo y a la depresión, sin hacer nada para sobreponerse a ello, deben concurrir diversos factores. Se requiere, en primer lugar, una privación física, psicológica o de otro tipo. Pero además se requiere de nuestra indelegable decisión de vivir la vida como un inválido. Debemos dar nuestro concentimiento a la invalidez para que ella domine nuestra vida.

A la pianista china GuiGui Zheng le faltan todos los dedos de su mano derecha. Imagínense la cara de sus profesores de piano y de sus padres cuando les dijo, convencida, de que “a pesar de ello” quería ser pianista. Veanla manifestar su decisión de no ser una inválida.

No nos referemos aquí, valga la aclaración, a casos donde la invalidez impide la decisión conciente, sino a aquellos en los cuales la misma no se encuentra disminuída.

De este modo, entonces, me parece que para vivir la vida como un inválido, es decir, bajo la convicción personal de que no tenemos valor para realizar ninguna actividad, lo que debe primar no son los condicionamientos externos de la persona sino la decisión sobre la misma que tome en lo más profundo de su corazón. Cuándo, qué día y a qué hora, nos decidimos a ser inválidos, es la pregunta que debe responderse toda persona que se encuentre en dicha situación.

Le hemos concedido a la invalidez, en forma absolutamente conciente, el permiso de apoderarse de nuestra vida.

Existen numerosos casos, y los psicoterapeutas saben mucho de eso, donde las personas viven como inválidos sin tener ninguna disfunción física, sino psicológica. Enteritos de cuerpo, viven la vida como necesitando una silla de ruedas. Para ellos también caben todas las reflexiones aquí mencionadas, porque no podemos admitir que Michael Petrucciani no tenía que lidiar también, además de con su condicionamiento físico, con un condicionamiento psicológico de suma importancia.

Finalmente: Para quienes no han perdido el poder de decidir sobre su propia vida, la invalidez es una elección consciente y no una trágica broma del destino. A pesar de los innumerables condicionamientos físicos, psicológicos o espirituales que tengamos, que son completamente reales, tenemos también la posibilidad de optar por no concederle a ellos el poder de apoderarse de nuestra vida y dominarla.

Libro La esencia del liderazgo de Hugo Landolfi

La esencia del liderazgo de Hugo Landolfi

Me complace comunicarles que nuestro libro “La esencia del liderazgo” ya puede adquirirse en línea en este enlace.

Hacia un mundo sin abuelos

“El hombre es la medida de todas las cosas.”
Protágoras

Ciertas campañas publicitarias actualmente en vigencia en diversos medios masivos de comunicación han puesto de manifiesto lo que es un secreto a voces. La tendencia sostenida de las personas integrantes de nuestras sociedades hacia un post narcisismo nihilista, luego de ejercitar durante varias décadas un dedicado narcisismo, va a dejar a los niños que están naciendo sin la posibilidad de conocer a sus abuelos.
Más allá de la terminología psicológica actualmente en vigencia, recordemos que se llama culturalmente narcisismo a una tendencia de la persona a darse demasiada importancia a sí misma, quitando, al hacerlo, importancia al resto de las personas. Así, la balanza entre el sí mismo y el prójimo se encuentra, en el narcisista, totalmente inclinada hacia el sí mismo. Por supuesto, no hablamos aquí ni nos referimos a la patología narcisista propuesta por Freud, de las cual los psicólogos y psiquiatras han de conocer en detalle, sino de una característica social generalmente no patológica —aunque puede llegar a serlo— de las personas. Cuando el narcisista ejerce dicha característica, al modo de una especie de sofisticada egolatría personal, se pone a sí mismo por sobre todas las cosas, restándole relevancia al prójimo y al mundo en que vive. El cree ser como un dios, un dios menor. Todo lo que sucede debe suceder en función de sus necesidades y anhelos; el narcisista se cree el centro del Universo. Por supuesto, pobrecito, en su afán ególatra el narcisista no se da cuenta de que su universo es una esfera que tiene medio metro de radio.


La tendencia actual de las personas a pensar primordialmente en sí mismas, en buscar un bienestar fundamentado en los bienes materiales y en el placer sensible corporal, en evitar olvidarse un poco de sí mismas para ocuparse de otras personsa —lo cual incluye entre otras actividades a la paternidad— está haciendo que el hecho de ser padres se postergue cada vez más, ejercitándose dicha acción sobre el límite de la edad corporal biológica recomendada para ello; usualmente sobre los 40 años e incluso más allá. Padres cuarentones con niños recién nacidos, he ahí una realidad hacia donde la sociedad se conduce. Ciertas medios publicitarios, decíamos, manifiestan este hecho poniendo —en su afán amoral— como modelo paradigmático del ser padre o madre a personas de más de 40 años que tienen hijos recién nacidos. Estos niños, ¡qué triste!, si la tendencia se acentúa, crecerán sin abuelos.

Probémoslo. Si el padre de un niño recién nacido ronda los cuarenta años o los sobrepasa, y el niño adquiere, a su vez, una personalidad narcisista por influjo de sus padres o de las “enseñanzas” de la sociedad, es probable que él también tenga hijos cerca del límite de la edad biológica recomendada para ello. Digamos, entonces, que un hijo de un padre narcisista será probablemente también narcisista y, siguiendo un simple modelo, al nacer su nieto, producto de un hijo que también tuvo su hijo cerca de los cuarenta años, tendrá ochenta años. Cerca de la expectativa de vida actual. Ese niño no tendrá abuelos, y si los tiene, ya al límite de su vida, no podrán “ejercer” de abuelos. La decadencia actual del ser humano se conduce a dejar a los niños sin uno de los elementos más valiosos de su crianza: el tiempo con sus abuelos. Estos, padres experimentados, son un componente vital en la vida de todo niño por la especial relación que se construye entre ellos, relación próspera en la enseñanza de valores, verdades y experiencia de vida.

Pero eso no es todo. El narcisista ve en el hecho de tener a un hijo un “trabajo“ o un “sacrificio“ que le quita tiempo a su auto celebración ególatra, a su búsqueda frenética de bienestar materialista y hedonista. Tener un hijo, para ellos, es tener que “sacrificar” su hedonismo materialista en aras de una tarea menor: criar y educar a otro ser humano. Pero cuando el niño nace, como la magia no existe, el narcisista no deja de ser tal, sino que lo sigue siendo en forma agravada, desarrollándose lo que yo llamo post narcisismo nihilista. Dado que el niño es un “enemigo” que atenta contra la egolatría personal de los padres, y presupuesto el hecho de que un padre no puede permitirse pensar en forma consciente que su propio hijo es un enemigo que atenta contra su estrategia narcisista o contra sus intereses egoístas, construye un nuevo modelo de narcisismo agravado, moderado en las apariencias exteriores pero profundizado en sus disfuncionalidades. Estos padres, así, transcienden el narcisismo clásico llegando a un post narcisismo donde el narcisismo inicial es disimulado, agravándose sin embargo el cuadro de fondo.


Esta perversa simulación no logra que los actos genuinos de criar y educar a los hijos aparezcan en el menú de este tipo de padres. Por ello, el padre post narcisista, nacido del narcisismo clásico, simula cuidar y criar al hijo, pero en el fondo no lo hace. Lo abandona simulando cuidarlo. Se perfecciona como un actor, como un artista de la simulación del ser padre, pero el hijo realmente no tiene ningún padre. La masiva entrada de los pre adolescentes a las drogas no tiene otra causa que esta: el abandono de los padres de sus responsabilidades como padres. Este post narcisismo se hace, por ende, nihilista.

Recordemos que la palabra nihil proviene del latín y significa “nada”. El nihilismo es una postura, explícita o implícita, consciente o inconsciente, en la que nada tiene sentido, en la que no hay valores, no hay moral ni verdad. El padre que “actúa” de padre, que simula serlo, en el fondo es profundamente nihilista pues no encuentra sentido a su vida ni a su ser padre, dado que para él, el nuevo niño lo único que hace es atentar contra su sofisticada estrategia ególatra. Pero debe simular ser padre, es decir, simular algo en lo que no cree, y solamente puede hacerlo sin nada tiene sentido, si todo es vano, salvo él, inmerso en su post narcicismo nihilista. Solamente puede simular aquél en quien la verdad y el bien no se ha encarnado: el nihilista.

Los niños de estos matrimonios aprenden rápidamente la jerarquía de “valores” de sus padres, buscando constantemente el pseudo bienestar que proponen los bienes materiales, ejercitando un individualismo extremo y una desconexión alarmantemente nihilista con respecto a las cosas importantes de la vida y del mundo.
¿Y dónde estarán los abuelos, acaso los únicos que podrían salvarlos del abismo? No los tendrán, y si los tienen serán octogenarios.

Por Hugo Landolfi

¿Identificarnos con lo exterior a nosotros nos hace mejores?

Creen que de tanto oropel se adherirá alguna partícula a su sombra.” José Ingenieros, “El hombre mediocre”.

Una conducta común de las personas de toda raza y condición consiste en identificarse con elementos ajenos a sí mismos que consideran, de alguna manera u otra, valiosos. Por ejemplo, las personas de mayor poder adquisitivo se identifican con los automóviles caros, como los BMW o Mercedes Benz, con los vinos de calidad, con los ropajes, carteras y zapatos de marcas reconocidas, etc. No se discute, por supuesto, el valor de uso o servicio que ofrecen este tipo de productos, el cual es indiscutible, sino la identificación de las personas para con ellos y la capacidad para transferir su supuesto valor a las personas que los utilizan.

Estos tipos de identificaciones se muestran, no solamente con el uso de estos artículos, sino con la manifestación del uso de los mismos. No es solamente usarlos la clave, sino que otros vean que los usamos. Mostrarlos claramente. Exponerlos. Aquí, la capacidad de cada persona para mostrar las marcas de los artículos que usa es una estrategia esencial. ¿Serían igualmente utilizados, los mencionados valiosos productos, si sus marcas no fueran visibles para otros, si la persona que los utiliza no pudiera demostrar a otros su adherencia e identificación a las mismas?

¿Comprarían estas personas un BMW que no tuviera su marca claramente visible para otros, de tal manera que estos otros pudieran ver la identificación clara entre la marca y la persona que las usa? ¿Con la ropa no sucede lo mismo? ¿Usarían las personas ropajes o zapatos de calidad que tuvieran oculta su marca, la cual otras personas no pudieran ver? Ciertamente que no.

Y estas actitudes no suceden solamente con las personas de mayor poder adquisitivo sino con todas las personas, sin importar su estrato social. La fanatización e identificación con equipos deportivos, con deportistas célebres o con estrellas musicales, más típicamente una actitud de la adolescencia y la juventud, aunque se manifiesta también en edades avanzadas, también esconde el mismo mecanismo de identificación.

La pregunta que debemos hacernos es, sin embargo, si al identificarnos con algo que consideramos valioso, alguna virtud valiosa de ese algo es transferida a nosotros en el proceso de identificación. ¿Nos hace mejores a nosotros mismos el tener un auto de reconocida marca y calidad o seguiremos siendo los mismos de siempre? ¿Una mujer que utiliza un vestido de una marca recocida y valorada, es necesariamente mejor ella misma, o simplemente lo parece? ¿Si nos identificamos con un determinado equipo deportivo, con algún deportista destacado o con algún cantante de moda, se nos transfiere algo de su valor a nosotros mismos? No parece ser el caso. Veamos.

Lo primero que debemos preguntarnos es cómo adquiere valor algo, especialmente los seres humanos. A primera vista, de manera evidente, nos damos cuenta que algo valioso lo es, no tanto por lo que tiene adherido en su superficie, sino por lo que interna e intrínsecamente es él mismo; por sus perfecciones y valor propios. Por ello las adherencias exteriores de cosas valiosas que no forman parte del valor intrínseco no agregan ningún valor a la persona. Esta es la falacia en la que viven quienes practican este tipo de actitudes. Ellos creen, como dice José Ingenieros, que de tanto oropel se adherirá alguna partícula a su sombra. No lo hará. Seguirán siendo quieres son; nada cambiará, aunque parezcan haber cambiado o ser mejores.

Los jóvenes varones que se suben a potentes automóviles para correr carreras o picadas en la calle, poniendo en riesgo a sus semejantes, conjuntamente con los que transitan temerariamente en motocicletas, haciendo alarde de gran velocidad, ¿son ellos mismos rápidos y poderosos o lo son solamente sus autos y motocicletas? El conducir automóviles o motocicletas veloces y ruidosas, que destilan poder y rigor por todos lados, ¿hace a quienes la conducen rápidos y poderosos? ¿Más varoniles, acaso? Ciertamente que no, pobrecitos. No hay nada peor para una persona que buscar constantemente algo anhelado para sí mismo allí donde no se encuentra, allí donde nunca se obtendrá.

Pero estas reflexiones no deben llevarnos a sentirnos mal sobre nosotros mismos, sino al contrario. Si realmente queremos ser valiosos, y nos damos cuenta que las estrategias que estamos siguiendo no lo logran, que fracasan tremendamente, podremos de una vez cambiar para lograr ser valiosos de verdad. Si nos damos cuenta de que no importa el auto o la ropa que tengamos, por más bueno que sea, en nosotros mismos nada cambiará por la simple adherencia de ello. Por lo tanto podremos comenzar a recorrer el camino por el cual sí podemos ser más valiosos. Pero, ¿cuál camino es este?

Este es un camino interior, por supuesto; y no es algo que necesariamente va a estar a la vista de los otros. ¿Podremos tolerar no estar en la vidriera, ante los ojos aprobatorios o descalificatorios del otro? El camino que proponemos es el camino que lleva a perfeccionar y actualizar nuestro ser interior, nuestra esencia, quien en verdad somos, y no a simplemente parecerlo, adhiriendo a nuestra superficie elementos supuestamente valiosos ajenos a nosotros.

Otra reflexión que surge de este tema es la excesiva importancia que le damos a la mirada de los otros en cuanto al valor de nosotros mismos. Necesitamos sin duda ser valorados, pero ¿puede esto ser hecho de cualquier manera? ¿Podemos otorgarle a cualquier persona la potestad para que evalúe nuestro valor o solamente debemos otorgar este poder a las mejores personas, la que verdaderamente e intrínsecamente son los mejores exponentes de perfección de nuestra raza humana? Este no es un tema menor, y su reflexión nos debe acompañar durante toda nuestra vida.

Por Hugo Landolfi

Felicidad y desesperación en el mundo contemporáneo

Aristóteles decía que la felicidad del hombre consiste en la unión de su potencia de conocimiento más perfecta con su objeto propio. De este modo, para el estagirita, la felicidad se hace presente en el hombre cuando su potencia de conocimiento más perfecta, su inteligencia, se une con su objeto propio, la verdad. El contemplar la verdad de este mundo es, entonces, la actividad suprema del ser humano que lo conduce a la máxima felicidad, es la medida en que eso es posible en este mundo. La felicidad para Aristóteles es intramundana e inmanente al mundo por el sencillo hecho de que las verdades a conocer y a contemplar se encuentran dentro del mundo. Para Aristóteles este mundo se basta a sí mismo, siendo el único mundo en el que podremos vivir.

El teólogo y filósofo medioeval Santo Tomás de Aquino, glosando y completando al estagirita, agregó que solo la contemplación de Dios, suprema verdad trascendente, puede hacer plenamente feliz al hombre. Se pueden contemplar las verdades de este mundo, lo cual nos dará una cierta medida de felicidad. Pero solamente la contemplación de la Verdad suprema, Dios, nos hará plena y perfectamente felices. Dicha contemplación es ultra mundana, como también lo es la felicidad lograda. La contemplación plena de Dios no se da ya en la vida terrenal sino en la vida posterior a la muerte, a la cual esta vida terrenal debe ordenarse y supeditarse. Para el aquinate este mundo no se basta a sí mismo y, aunque tiene un pleno sentido y valor en sí mismo, lo que sucede en él se ordena al otro mundo, al que accederemos luego de la muerte del cuerpo.

Pero además de las potencias de conocimiento intelectuales, el ser humano tiene potencias de conocimiento sensibles que provienen exclusivamente de su cuerpo, al igual que los animales. Los cinco sentidos del cuerpo son las principales fuentes de conocimiento sensible. Estas potencias de conocimiento son las menos perfectas y menos jerárquicas del ser humano.

Si la felicidad consiste en la unión de la potencia más perfecta con su objeto propio, ¿qué puede suceder cuando se unen las potencias menos perfectas –las sensibles– con sus objetos propios? Aparece una delectación y un placer limitados, pobres, cuyos efectos son poco duraderos y escasamente satisfactorios para un ser de aspiraciones como es el ser humano. La desesperación y el tedio no tardan en aparecer dado que los placeres sensibles no terminan de satisfacer a un ser humano hambriento de “algo más”.

Por supuesto, los placeres sensibles del cuerpo son de acceso inmediato, más fáciles de obtener. Es lo que propone nuestra cultura: placeres a la mano, disponibles al instante. De poca cuantía por supuesto, pero disponibles inmediatamente. Alcanzar la felicidad que nos brindan la actividad intelectual es más arduo y no tan inmediato. Se requiere un esfuerzo constante durante algún tiempo para alcanzarlos. Por ejemplo, fumar un cigarrillo o tomar un trago de una bebida alcohólica causan un placer inmediato, comparados con la ardua tarea que conlleva a estudiar algún conocimiento filosófico humano.

Así las cosas, nuestro mundo contemporáneo se ha especializado en poner casi todas sus esperanzas para el logro de la felicidad en los bienes sensibles, corporales y materiales. El resultado es más que obvio: desesperación e infelicidad a mansalva; reincidencia constante en búsqueda infructuosa de la felicidad en los placeres sensibles que lleva al abuso de drogas legales e ilegales; una auto reducción de la vida humana a la animalidad; un hedonismo materialista exacerbado; etcétera. El hombre de hoy es un profesional del nihilismo pues es lo que la cultura imperante le propone. Y él se deja tiernamente conducir.

San Agustín, el obispo de Ipona, decía: “Nos hiciste para ti y nuestro corazón se encontrará inquieto hasta que descanse en ti”. ¿Podrán los líderes del mundo nihilista y materialista en que vivimos, sean ellos políticos, profesores, maestros de escuela y madres y padres, dar un golpe de timón para que sus liderados puedan comenzar a brevar de la fuente de la verdadera felicidad? Nuestra esperanza está puesta en ello.

¿Pero cómo habrán de hacer para ayudar a otros si ellos mismos, los mencionados líderes, tienen encarnados en sí mismos y en sus vidas estos modos materialistas de obrar y de ser? ¿No son, acaso, como ciegos que conducen a otros ciegos? Pobrecito este mundo; es conducido por ciegos, que conducen a otros ciegos directamente hacia el fondo del pozo. ¿Será por eso que Cristo dijo: “mi reino no es de este mundo”?

El extremo de la victimización y de la irresponsabilidad

La siguiente noticia refleja un extremo increíble de victimización e irresponsabilidad por parte de una persona. La explicación que da sobre un delito sexual cometido es realmente increible. Recordemos, tal como explico en mi libro “De víctima a protagonista“, que quien elige victimizarse frente a los actos que comete, lo hace para evitar el castigo o las reprimendas por las consecuencias de los mismos. Este parece ser el caso de la persona de la noticia que sigue, la cual para evitar el castigo legal, acude a una victimización que roza lo cómico. Para quien se victimiza, escapar a la acción punitoria debido a las consecuencias de sus actos parecer ser un gran negocio, pero como explico en el libro, en verdad no lo es. Quien se victimiza, renuncia a ser responsable de sus propios actos y por ende, a poder cambiarlos según sus designios. No se ve a si mismo como gestor de sus propias acciones, lo cual lo lleva a vivir una vida siempre igual: mediocre, rutinaria y decadente. Quien se victimiza renuncia a uno de los elementos más genuinos del ser humano: la libertad. La cual es su capacidad de elegir libremente sus actos y a responder por los mismos. ¿Qué opinan al respecto?

Violación sin querer

Sobre el conflicto Israel-Palestina y sobre la esencia de cualquier conflicto

Si se pudiera definir en forma simple y sencilla la causa común de cualquier conflicto, ¿cuál sería la misma? Más allá del caso de nuestros hermanos del Medio Oriente que no dejan de apedrearse, la pregunta es: ¿Qué elemento esencial tienen en común todos los conflictos en los que el ser humano es protagonista?

A mi manera de ver, en el plano material, la causa común es la escasez de recursos considerados como buenos por, al menos, dos partes. Así, el conflicto sobreviene cuando un bien de por sí escaso es anhelado por dos partes interesadas en el mismo. Esto se aplica a todos los casos de conflictos en los que intervienen seres humanos. Desde dos amigos, un matrimonio y dos compañeros de trabajo, hasta países y gobiernos de todo el planeta. Siempre, las partes se disputan un bien que es escaso, el cual supuestamente no alcanza para ambas partes. Dos amigos que pelean por una misma novia (porque ella no puede ser plenamente novia de ambos al mismo tiempo), un matrimonio que pelea por tener razón (porque viven en la creencia de que dos personas no pueden tener razón al mismo tiempo), dos compañeros de trabajo que disputan el reconocimiento único de sus superiores (porque sus superiores les han enseñado, como les enseñamos a los alumnos en nuestras escuelas, que dos personas no pueden ser igualmente reconocidas, sino que siempre tiene que haber una superior y otra inferior). También, otro caso se presenta en la disputa de dos gobiernos cuya “tierra prometida” no alcanza para ambos. Israel y Palestina, pobrecitas, conducidas por ciegos que conducen a otros ciegos, anhelan solo para ellas la tierra prometida y… no alcanza para ambas. En síntesis, la clave y la esencia de todo conflicto es la escasez, dado que si ambas partes en conflicto anhelaran un bien, no siendo el mismo escazo, no habría conflicto.

Pero hay otro plano en todo conflicto, superior al plano material en el cual se manifiesta inicialemente. Este otro plano es el que verdaderamente alimenta, sustenta y hace prosperar el conflicto. Todo conflicto, entonces, se manifiesta en un plano material pero se sustenta en un plano espiritual. De ahora en más, luego de conocer estas verdades, no podremos decir que un conflicto se presenta “solamente” en el plano material, sino que “también” se sustenta en un plano espiritual. ¿Qué puede haber o no haber en el plano espiritual que sustente el conflicto? El amor por el prójimo, es decir, considerar si las partes en conflicto se aman o no. El amor, por supuesto, entendido aquí no sexual ni materialmente, sino espiritualmente, como la búsqueda incondicional y desinteresada del bien para el otro, por el prójimo. Y aquí, creo yo, está la clave última y esencial de todo conflicto. Puede haber escasez en el plano material, pero si hay verdadero amor espiritual entre las partes, el conflicto no podrá prosperar. Si no hay amor, en cambio, todo conflicto es posible dado que vivimos en un mundo finito y limitado, repleto de escasez.

Así, las partes en todo conflicto no están en conflicto por la escasez material en sí misma sino porque no se aman o porque no saben amarse; no buscan en forma indiferentemente y desinteresada el bien del otro sino el propio. Quieren el bien para ellos solos, cada uno por su lado. Van contentos y motivados a la batalla con un grito de guerra que dice: “¡Por mi y nada más que por mí!”. Por supuesto, el otro bando hace lo mismo, y así estamos. Cristo (¡cuánto se lo escucha y se lo cita, pero que tan poco caso se le hace!) dijo: “Amense los unos a los otros como yo los he amado”. Es tan sencillo y tan complejo a la vez. ¿O nosotros lo hacemos complejo?

Finalmente entonces, en todo conflicto no importa tanto el bien escaso de que se trate sino del amor que se profesen las partes en conflicto. Por ello no habría que preguntarles a los israelíes y a los palestinos por qué se pelean sino por qué no se aman, pues amándose podrán resolver la escasez material; sin amarse nunca podrán resolver nada, como de hecho sucede. Es menester reflexionar sobre esto en nuestros conflictos cotidianos, con las personas que nos rodean, y centrarnos siempre en el amor al prójimo más que en la escasez de bienes que en este mundo material y finito son y serán moneda corriente.

Recordemos que a veces no amamos al prójimo no porque verdaderamente no lo amemos, sino porque no sabemos amar. ¿Y si aprendemos a amar en vez de vivir en conflicto? ¿No sería ese un extraordinario desafío para plantearnos a nosotros mismos y a nuestras familias?

Por Hugo Landolfi
PD: Espero con ansias sus comentarios.

Del parecer al ser: la locura del ser humano contemporáneo

Un probervio chino dice que “Si no cambiamos la dirección de nuestros pasos, terminaremos llegando allí adonde nos dirigimos”. ¡Cuánto sentido común! Una sencilla definición de locura podría decir que es loco creer que llegaremos a determinado destino cuando nuestro pasos no se realizan en el camino que lleva a dicho destino. Así, no podremos llegar a ser guitarristas si estamos estudiando piano (o si no estudiamos nada), y tampoco llegaremos a ser Arquitectos si estudiamos veterinaria (o si no estudiamos nada). ¿Puede el hombre contemporáneo “llegar a ser” si recorre solamente el camino del parecer? ¿Puede el médico llegar a ser médico si solo simula ser un médico? ¿Puede acaso alguien llegar a algún lado sino no recorre exactamente el camino que conlleva hacia el destino querido? ¿No es ese el drama de nuestro mundo y del ser humano contemporáneo? Veamos.

¿Qué es “llegar a ser” para el ser humano? Si el ser humano es un ser tal que se auto construye en su humanidad, es decir, en su ser auténticamente humano, el “llegar a ser” del ser humano es, justamente, llegar a ser humano, a desarrollar en forma plena y lo más perfectamente posible en este mundo su humanidad )o su esencia) plasmada en actos y en obras. Mi libro “Construye tu obra y rómpete” habla de ello. El ser humano viene al mundo en un estado de escaso desarrollo y perfeccionamiento. Una de las tareas del ser humano en esta vida es desarrollar y perfeccionar todas sus dimensiones, incluyendo la esfera física, la esfera psíquica y emocional, la esfera mental e intelectual, y por último la esfera espiritual.

La diferencia del ser humano con respecto a otros seres de este mundo (como los animales) es que en el ser humano su desarrolo y perfeccionamiento dependen de su inteligencia y voluntad, de tal manera que es algo que él tiene que contruir diarimente. El animal no tiene que hacer nada de por sí, salvo lo que su instinto le manda. El ser humano debe poner todo de sí para perfeccionarse y así llegar a ser cada vez más humano, cada vez más perfecto, manifestando cada vez más las potencialidades que guarda su esencia.

¿Pero qué hace el hombre medio de hoy? Recorriendo un camino que no conduce allí adonde quiere dirigirse, busca llegar a ser desde el parecer. En el fondo, parecería que no quiere ser sino simplemente parecer. Todos sus esfuerzos están permanentemente puestos en simular ser algo que no es; en eso se juega la vida. Quiere ser bueno y virtuoso, pero al no estar dispuesto a realizar el esfuezo voluntario de recorrer el camino que lo conduce allí, se contenta tan solo con parecerlo. Vislumbra el largo y trabajoso camino que le llevará a constituirse como un hombre de raza, y por temor al esfuerzo, renuncia a ese camino y escoje un atajo: el atajo de la mediocridad. Son mediocres de raza. Vagos profesionales.

Quiere saber, pero por no estar dispuesto a realizar el esfuerzo genuino por aprender, simula su saber transformándose en un experto opinador de cuanto tema surja en una conversación. Sí, el mediocre de raza puede opinar con un aire de certeza sobre casi cualquier cosa, trivial o profunda. Habla con majestuosidad tanto de fútbol como de la existencia de Dios; tanto de botánica como de física nuclear; tanto de Aristóteles como de buenos vinos. Ah, ¡qué no daría por conversar con uno de ellos!

¿Creerá, acaso, esta raza de hombres escasamente humanos, que el arte de la simulación le deparará finalmente los bienes anhelados? ¿Creerá que simular saber le otorgará finalmente el conocimiento? ¿Tendrá la íntima convicción de que aparentando ser bueno podrá llegar a serlo genuinamente alguna vez? ¿Creerá, por fin, contradiciendo a la milenaria sabiduría china, que una persona puede llegar al objetivo propuesto sin importar el camino que tome para alcanzarlo?

Finalmente: ¿No está loco el hombre de hoy?

Por Hugo Landolfi

Sobre el tiempo, las celebraciones y el año nuevo

En este artículo sobre la realidad del tiempo hablábamos con respecto a que el tiempo es una creación metal del hombre en al medida en que logra medir las suscesivas etapas de un movimiento. En función de ello preguntábamos en este artículo qué se celebra en el año nuevo si, en definitiva, el tiempo en verdad no existe en la realidad.

Las respuestas han sido variadas y notables. Les agradezco a Anita que plantea la celebración como algo muy personal donde se evaluan las actuaciones pasadas; a Ana de Luz por su extenso y erudito comentario, aunque yo, por cierto, no acuerdo mucho con respecto a las vidas pasadas; a Estela Luz por su cita bíblica muy pertinente; a Alberto Alvari por sus interesantes reflexiones y sobre el sentido de la celebración; a Katerina Maksimenko pues busca indagar filosóficamente sobre el tema (y lo logra muy bien); a Nicolás por su perspectiva social acerca del tiempo; a Walter Lopez que vincula la temporalidad a la finitud, lo cual es muy cierto; a Mary Lou por asociar el tiempo y los ciclos humanos; a Jhon Armstrong porque manifiesta que aunque exista el tiempo el hombre igual puede elegir qué hacer; a Lorenzo Armas que vincula la celebración a los cambios que padece la humanidad; a Antonio Corredor y su explicación sobre las tradiciones humanas, muy pertinente; a Néstor Salgado siempre tan atento al sufrimiento de sus semajantes; a Elizabeth por compartir con nosotros su experiencia familiar: gracias!; y a Jorge Ludewig porque plantea también un tema interesante: la arbitrariedad de las fechas de celebración.

Gracias a todos por tan maravillosos aportes. Esto de hablar del tiempo y de la celebración de año nuevo de esta manera, nos coloca como pintando un cuadro en forma conjunta y colectiva, sobre el cual cada uno de nosotros va dando una muy personal y particular pincelada, el conjunto de las cuales muestra las múltiples facetas y modos de abordarse que tiene el tema en cuestión.

Algo que ha llamado mi atención es que casi todos se refirieron al año nuevo como una fecha para evaluar lo pasado, pero muy pocos plantearon objetivos a futuro para el 2009, lo cual debería ser algo típico para el liderazgo de la propia vida. Como decía Séneca: para quien no sabe adonde va ningún viento le es favorable. Ojo, no digo que esos objetivos no estén en cada uno de nosotros, simplemente digo que me ha llamado la atención que casi todos se manifestaron sobre el pasado, lo que no puede ser cambiado, en vez de manifestarse sobre el futuro, lo que todavía no ha sido realizado. ¿Sabemos adónde vamos o, al menos, adónde queremos ir en este año 2009? ¿Cuáles son nuestros objetivos personales, familiares y sociales en nuestras áreas multidimensionales como seres humanos, entre ellas el cuerpo, la psiquis, la mente y la espiritualidad?

¿Cuál es nuestra visión para nuestra propia vida individual y colectiva para este 2009 con respecto a lo material, lo psíquico, lo intelectual y lo espiritual? ¿Lo sabemos? ¿Lo tenemos claramente a la vista? Pues si no es así, ¿Cómo habremos de alcanzar un objetivo que no vemos?

Saludos a todos, Hugo Landolfi