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El ser humano, en forma natural, tiene a buscar un principio de todas las cosas, algo originario que se constituya como explicación última y suficiente de todo lo que existe y de todo lo que sucede. Esta actitud se encuentra inscripta en su corazón y es completamente natural en él. Aunque quiera, nunca podrá dejar de realizarla. Por eso es que todos los seres humanos tenemos un dios, con minúscula. Pero eso no significa que todos tengamos un Dios, con mayúscula.

Ejemplos de dioses, con minúscula, son el propio yo, la propia razón —aún cuando sea agnóstica o atea—, el propio ego, la materialidad, la naturaleza, la evolución, etc. La característica del dios con minúscula, del dios menor, es que es intramundano y, por ende, finito y limitado. Es un dios deficiente, poco capaz, que no satisface en explicar finalmente los principios últimos y absolutos de toda la realidad.

Dios con mayúscula, sin embargo, hay uno solo: un Ser Absoluto trascendente al mundo y metafísicamente diferente a todo lo finito y contingente que hay en el mundo.

Quienes dicen, por ejemplo, que el Dios con mayúscula no existe, los ateos o los agnósticos por citar los ejemplos más extendidos, tienen un dios con minúscula: la razón humana; su propio razonamiento. Ellos han puesto en manos de la razón humana el principio explicativo de la realidad, aún cuando esa explicación indique que no hay un fundamento trascendente. Este dios deficiente, la razón humana, se ha mostrado claramente incapaz de escudriñar las realidades inteligibles más elevadas.

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Los narcisistas y ególatras, que son legión como vimos hace poco, se tienen a sí mismos como dioses. ¿Quién necesita de un Dios si es uno mismo un dios? He ahí el infierno que vive esta raza, ya que se consideran la medida de todas las cosas. Por supuesto, su precariedad conceptual es alarmante, usualmente inconsciente. Y su deficiencia como dioses auto propuestos es claramente manifiesta.

Los principios explicativos científicos —de la ciencia positiva— también funcionan a la manera de dioses menores, deficientes. El Big Bang y la teoría de la evolución buscan dar a principios meramente materiales el poder causativo de toda la realidad. Por supuesto, los adherentes al Big Bang nunca pudieron ni podrán explicar como el “pequeño punto caliente y denso” desde el cual se originó la explosión originaria pasó de la nada al algo, del no ser al ser. De este modo, volvemos a validar la idea de que los dioses con minúscula son “deficientes”.

Así las cosas, y dado que no podemos sino tener un dios o un Dios: ¿A cuál de ellos elegir? ¿Qué negocio es elegir a un principio explicativo deficiente, limitado y contingente? Curiosamente, una gran mayoría de las personas lo elige.

Solamente un Dios trascendente y perfecto califica adecuadamente para funcionar como un Dios en serio para el ser humano, el Dios que su corazón busca y el cual no descansará —como quería San Agustín— hasta que lo veamos cara a cara.